¿Estamos entrampados?

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Hay un acuerdo generalizado que Chile crecerá en los próximos años a una tasa algo menor que el 3,5 por ciento. En el mejor de todos los casos su PIB por persona se expandirá a la medida que lo hará el resto del mundo. Esto contrasta notoriamente con el comportamiento de la economía chilena de hace solo unos años atrás, en que se expandía a una tasa significativamente superior a aquella del promedio mundial. El tema es importante, porque el crecimiento económico es una condición para el desarrollo del país y porque la población espera de este gobierno un resultado mejor que el actualmente proyectado.

La pregunta que surge de inmediato es si ese 3,5 por ciento de crecimiento es la tasa que le corresponde a Chile por el (elevado) nivel del PIB per cápita ya alcanzado o si es que hemos caído en la trampa de los países de ingreso medio. Descarto lo primero, porque Chile tuvo en 2017 un PIB por persona de apenas 26 mil dólares internacionales o de Geary-Khamis, lo que corresponde al 42 por ciento de los 62 mil dólares de PIB que tuvieron los EE.UU. Es decir, hay amplio espacio para crecer.

Se denomina como trampa de los países de ingreso medio a la significativa desaceleración del crecimiento que ha afectado a una gran mayoría de los países una vez que alcanzaron niveles de PIB por persona de alrededor de 18.000 dólares. En efecto, son pocas las naciones que lograron superar definitivamente la barrera del ingreso medio y alcanzar el estatus de país desarrollado. Pero las hay y ejemplos pertinentes exitosos son Corea del Sur y Nueva Zelandia, que en 2017 tuvieron PIB por persona de 41 y 40 mil dólares internacionales, respectivamente.

Las causas del entrampamiento de los países de ingreso medio son múltiples. Cabe destacar entre ellas, en Chile, la transición demográfica (envejecimiento prematuro de la población), un crecimiento basado fundamentalmente en el aporte de recursos (capital, trabajo) en vez de ganancias en la productividad total de factores, y un exceso de gasto fiscal de carácter redistributivo, que se traduce en una reducción relativa de la inversión pública y privada.

Por suerte es perfectamente posible salir de -o evitar caer en- la trampa de los países de ingresos medios y alcanzar el desarrollo. Aunque relativamente pocas naciones lo han logrado, la receta es conocida: otorgar los incentivos tributarios y legales (certezas y espacios) adecuados para aumentar la inversión y la innovación, al mismo tiempo que ser prudentes en materia de gasto fiscal, en particular de aquel de carácter redistributivo. La prescripción no es gratis, pues requiere para su implementación de la voluntad política nacional para abordar los cambios socioeconómicos pertinentes para volver a crecer a tasas mayores que aquellas del promedio mundial.

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