¿Estamos mejor o peor que el 73?



Por César Barros, economista

Varios me han hecho esa pregunta el último tiempo. Por aquel entonces, Sudamérica estaba convulsionada, con dictaduras militares y guerrillas de izquierda. Pero, aunque se acabó la Guerra Fría que les dio origen, llegaron nuevos desafíos: las redes sociales, China cambiando el mapa económico mundial y focos de populismo, que representan la rabia de quienes no lograron progresar como esa élite que acapara los beneficios de la globalización. Y en América Latina seguimos sin nada bueno que mostrar. Para qué hablar de este “oasis”.

Y esa frustración popular ya no se muestra a través de movimientos revolucionarios organizados, con una ideología más o menos definida, sino a través de violencia pura y dura, que amenaza, destruye y ataca. Durante la UP se tomaban fundos y fábricas, pero no las destruían. Querían todo el poder para los trabajadores, pero sin barricadas ni incendios. Hoy las turbas violentas no tienen ideologías ni líderes internacionales. Solo tienen rabia y frustración. Tampoco tienen -como sus antecesores de los 60- una receta para cambiar el mundo. Preguntados esos violentos sobre qué cambios buscan, las respuestas son solo generalidades: fin a los abusos, “al modelo” y a la corrupción: pero nada concreto, aparte de “mueras” al Presidente, la yuta, los ricos y los empresarios.

Pero los astutos políticos chilenos nos han convencido de que una nueva Constitución es el camino para lograr salud pública de calidad, mejores pensiones, educación razonable, buenos empleos y sueldos dignos. ¿Y quiénes escribirán esa nueva Constitución? Bueno, los mismos políticos que tratan hoy de jugar a un parlamentarismo de facto, y antes apoyaban a un presidencialismo imperial. Y que durante décadas, en vez de modernizar un aparato estatal anquilosado, poco eficiente y muy voraz, han multiplicado los ministerios, servicios, comisiones y programas a fin de dar pega a sus operadores políticos. Es decir, han tomado el Estado como un botín.

Y ahora, al momento de escoger a los miembros de la institucionalidad que hará este gran diseño, serán ellos mismos quienes estarán sentados haciendo una Constitución que les dé aún más poder, quitándoselo en parte al Ejecutivo, siempre tan molesto. También le sacarán poder a los privados, y podrán hacerse de nuevas empresas públicas, donde poder colocar a directores adictos y ejecutivos importantes.

Escribirán la nueva Constitución las mismas fuerzas políticas que justifican con excusas a las turbas violentas, y que no han sabido combatir al narcotráfico, ni la violencia en La Araucanía. Son los mismos que tampoco nos muestran cómo conducirán este barco que está dando tumbos. Hasta ahora, solo escuchamos vaguedades: que la violencia en La Araucanía se soluciona políticamente: ¿partiendo Chile en dos? ¿O con escaños reservados? Pero nadie dice claramente cuál sería esa solución, si cuando tuvieron el poder, nunca lo hicieron. Quieren reformar Carabineros, pero ninguno dice cómo. Lo mismo ocurre con el narcotráfico, la delincuencia y la corrupción. Los políticos son buenísimos para determinar la problemática, pero pésimos para encontrar la “solucionática”.

No es extraño entonces que todo esto lleve a muchos a pensar que lo que ocurre ahora es a lo menos tan grave como lo visto durante la UP. Ojo con eso.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.