“Exit The King”



No hay caso. Cuesta que los monarcas salgan de escena. En Hamlet, el viejo rey asesinado convertido en fantasma, pena a su hijo para que lo vengue. En Ricardo III, la última vez que aparece Gloucester es cuando ofrece su reino inútilmente, a cambio de un caballo en medio de la batalla. Y en Exit The King -título más teatral que el francés original con que Ionesco estrenó su obra en Londres en 1963-, el rey está por morir, tiene 500 años, pero durante toda la representación los restantes personajes son los que desaparecen, no él (salvo al final); éste, no el único absurdo.

Las monarquías modernas suelen ser absurdas. Qué mejor ejemplo que la de Juan Carlos I de España. Se la restituye tras siglos de descrédito para suceder nada menos que a Franco y, vaya sorpresa, el delfín sepulta al Caudillo y el pueblo lo reconoce como su soberano legítimo. Después de casi 40 años de idilio, difícilmente más perfecto con sus súbditos, el mismo personaje, sin embargo, se ve obligado a abdicar porque mata a un elefante, se hace pública la relación con una amante, y a su yerno e hija se les investiga por corrupción. Ocho años después, la justicia se empecina en su contra, cuestiona platas que habría recibido de jeques árabes con quienes se entiende de tú a vos, además de facilitarles negocios, y opta por exiliarse de España, produciéndose una nueva batahola.

Obviamente, la relación se ha estado deteriorando por una serie de malos entendidos. Se trata, después de todo, de un descendiente de Carlos V, maneja otra geografía que la nacional, es más cosmopolita que S. M. británica, y como buen Borbón tampoco es que se deje constreñir así como así, y menos por pudores plebeyos. Se puede sostener que don Juan Carlos ha sido deferente, incluso, al optar por esta puerta de escape, evitando la vergüenza mayor, nacional, que significaría que lo apresaran por los motivos aducidos. El rey le proporcionó una salida a España en su momento, que ni la democracia y la modernidad le hubiesen podido brindar (la república tampoco). Les ofreció continuidad histórica y unidad nacional, y cuando el 23-F de 1981 puso en jaque la solución, fue él quien reestableció el orden. Los políticos, ya antes, supieron reconocer que Juan Carlos I ha sido el principal monarca que ha habido desde quizá los Austrias mayores. Que ahora se le pegara una desconocida, por tanto, sería una feroz patinada.

Todo este lío suena absurdo. Conforme, pero solo si creemos que los tiempos que se viven tienen que suponer una lógica rígida. Aquí lo sucedido fue que, al aceptar la monarquía y sus ventajas, se descartó el criterio presentista, optándose por una institución anacrónica que ha resultado sorprendentemente útil. El caso es significativo. Deja en claro que en política, y sobran las analogías, la tradición, absurda o no, sirve.

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