Familia y matrimonio



Por Álvaro Pezoa, ingeniero comercial y doctor en Filosofía

Diversas legislaciones nacionales de varios países (fruto de una iniciativa del Presidente de la República, todo parece indicar que Chile sumará pronto otra a aquellas) han llegado a considerar que la familia puede ser una mera reunión de personas, con el añadido de que admiten que éstas puedan ser del mismo o diverso sexo abiertas a la unión sexual.

Para salir al paso en torno a las confusiones (errores) implícitas en esas formulaciones legales en torno al concepto de familia, conviene no perder de vista que el vínculo de unión natural en la familia es el amor personal aceptado y dado gratuitamente. En ella no se trata solo de dar a cada uno lo suyo (quintaesencia de la justicia), sino de aceptarse y darse enteramente, de aceptar y dar a una persona distinta según el ser entero. A su vez, no caben el dar y aceptar sin don. Y el don por excelencia es el hijo. Por tanto, la donación y aceptación a la nueva vida personal, al hijo, a su origen, y a su protección naturales, configura a una familia humana como tal. Si la radical posibilidad de aceptación de la vida es nota distintiva de la familia natural, cabe entender que para fundarla se requiere la unión amorosa entre dos personas de diverso sexo abiertas a la vida. Esto es, es constituyente de una familia lo que la hace amorosa y personalmente posible, es decir, el matrimonio estable de un hombre y una mujer (como de hecho, a nivel jurídico han reconocido los más célebres acuerdos internacionales) con disposición y potencialidad natural de concebir un hijo. Dado que la transmisión natural de la vida vinculada al amor personal no varía, no cabe suplantar el modelo de familia, como unión de por vida de dos personas de diverso sexo, por otros “modelos de familia”; y debe tenerse en cuenta que la denominación clásica de familia es inapropiada para describir otras uniones, puesto que no cualquier asociación forma una. Más todavía, el matrimonio está en función del hijo. Es decir, este no es un fin en sí, sino que su fin es la nueva persona del hijo. De modo que no es lo mismo matrimonio que familia y el fin del primero es la segunda. Por lo mismo, no toda unión, desde luego no la homosexual (dada su esencial imposibilidad de engendrar), configura un matrimonio.

Conviene reconocer las cosas como son. Eso es la verdad. Atenta contra esta última tanto el desconocerla o negarla, como el asimilar como iguales realidades que no lo son en su propia esencia. Por lo mismo, consiguientemente ha de evitarse el uso equívoco de las ideas y las palabras, especialmente en materias tan fundamentales como las en comento. Harina de otro costal es aquello que libremente quiera hacer cada quién con su vida, particularmente si es adulto. La afirmación de la verdad no niega en nada esto último.

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