Alfredo Jocelyn-Holt

Alfredo Jocelyn-Holt

Historiador

Opinión

Fiestas patrias

AGENCIA UNO

Nadie duda que el “18” sea festivo o que pudiera haberse conmemorado otros hitos en vez de la Primera Junta. Obvio que Chacabuco, Maipú, o la declaración de Independencia en 1818 habrían servido para congregar a la ciudadanía y hacerla sentir parte de un mismo destino o historia en común. Propósitos, éstos, imaginarios, “invenciones de tradición”, no por ello menos claves. Permiten apaciguar, ordenar y movilizar a un país, lo que después de un rato se pasa por alto u olvida, y eso que se trata de objetivos de Estado, pensados. Es curioso que artificios nacionales de este tipo perduren; otros “inventos” del siglo XIX -la política y sus instituciones- no parecieran gozar de igual adhesión. Lo cual lleva a preguntarse si es porque el “18” se ha democratizado.

Al parecer, bastante. Hasta 1900 y después, las celebraciones eran tan de clase alta como de pueblo. Edwards Bello cuenta, en 1930, como de niño venía a Santiago, desde Valparaíso, a pasar los días del “18”, y lo que recordaba eran carruajes y caballos formidables frente al Municipal, en las calles, y en el “Campo de Marte” (Parque O’Higgins), lugar de sociabilidad todavía entonces pluriclasista con fondas, parada militar, y escenografía espectacular compartidos. A su vez, Blest Gana en El Loco Estero (1909), describe como Santiago entero, sin distingos, se volcó a la calle para recibir al General Bulnes tras su triunfo en Yungay en 1839. A juzgar por como lo pinta, fue un espectáculo participativo nunca antes, o después, superado. Avalaría lo dicho tantas veces: que sólo desde esa época cabe hablar de un sentido nacional arraigado en Chile. Pero, conste que no ocurrió el 18 de septiembre sino el 18 de diciembre de ese año.

Es que la fecha importaría menos que su sentido inicial, el cual, sin embargo, pareciera haberse perdido. En los años 20 y 30, el mismo Edwards Bello en repetidos artículos se queja de que los chilenos no tengan fiestas normales, se tomen más de dos días de asueto, se excedan en “panzadas semanales” propias de gente que no come diariamente, en cuecas que no se sabe en qué terminan, en remoliendas o gusto populachero “de moler el cuerpo” tras largos períodos de tedio y privaciones. Uno lo lee y pareciera que se estuviera refiriendo a hoy día.

Curioso fenómeno, habrá que seguir observándolo. ¿Incidirá que el “18” se haya vuelto un negocio? Son tres millones de dólares en empanadas los gastados en septiembre por organismos públicos. ¿Importará que los sectores acomodados corran a perderse en estas fechas? ¿Cómo serán las empanadas en Croacia o en Bali? Lo que es su original sentido patrio todo inclusivo, vamos, queda tan sólo un recuerdo y vago, ¿o no?

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