Gigantes gaseosos



Por Joaquín Trujillo, Centro de Estudios Públicos

Nuestro desprecio por la historia -se afirma que ella no es nada más que el pasado- nos lleva a sobredimensionar los acontecimientos, creerlos del todo inéditos o, lo que es peor, no poner a la vista más que los símiles del pasado nacional, como si la nacionalidad definiera de por sí todo devenir sobre un territorio.

A mediados del siglo XIX, por ejemplo, dos astrónomos, estudiando la órbita del planeta Urano, observaron que algo no calzaba en los números. Cada uno por su lado interpretó que no era que sus cálculos estuviesen fallando, más bien, había tal vez algo más allá, algo que los telescopios no estaban viendo, algo demasiado grande. Ese algo fue el planeta Neptuno. Antes de ser visto, fue sentido.

Esa época, que fue la de las revoluciones y las restauraciones, vio emerger una manera de sentir todas las cosas. Esta nueva manera, que no era absolutamente nueva, reaccionó contra el racionalismo de entonces, indagó en los sentimientos más inconfesables, revaloró no el pasado inmediato sino que épocas míticas, incluyó las variedades ancestrales, aclamó a los viejos pueblos derrotados, enalteció a las víctimas de la naciente industrialización, justificó las supuestas anomalías del amor, modificó las formas del vestir, recurrió a los alucinógenos, resucitó espiritualidades guardadas, cantó y practicó la magia y el bandidaje, hizo de la vulnerabilidad una virtud, de la enfermedad, un estado gracioso del ser humano. Por sobre todo, despreció los grandes sistemas de ideas, las ideologías y sus léxicos. Aclamó la independencia del alma, la voluntad general y la individual, la fuerza de lo imposible y el mérito de lo inverosímil. Su irracionalismo supo contaminar la racionalidad, pues no fue un universo paralelo. A veces fue liberal, otras socialista, también conservador y popular; dominó el estilo de la política y de los ejércitos.

Eso se llamó “romanticismo”. La palabra ha sido tan manoseada que nos cuesta dimensionar lo que en su momento significó. El hecho es que, de alguna manera, la variante de izquierda del romanticismo fue absorbida por eso que se dio en llamar socialismo científico, mientras que la de derecha, por los fascismos, con toda su exaltación del jefe, del genio nacional, carente de toda genealogía, pues era antimonárquico.

El romanticismo fue el último gran movimiento occidental que fue transideológico. Como las ideologías del siglo XX lo volvieron irrelevante, pareció reducirse a una subjetividad solitaria. Algo así como esa subjetividad, pero de nuevo colectiva, es lo que está de vuelta.

El planeta de ese siglo romántico, Neptuno, era otro gigante gaseoso. A diferencia de planetas como la Tierra o Marte, los gigantes gaseosos son menos densos (Saturno podría flotar en un charco). Su poder sobre el resto del sistema puede llegar a ser muy alto, algunas de sus lunas, liberadas de ellos, podrían dárselas de planetas. Lo cierto es que lo difuso del romanticismo obedece a esa metáfora: que lo más denso se le subordine.

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