Gracias al poeta

Raul Zurita 03



Hay ciertas cosas que no le podemos hacer a los demás. Nunca. No importando lo que hayan hecho (por terrible que sea o parezca) o el bien social que, eventualmente, podríamos conseguir con ello. Y para hablar de este pilar civilizatorio, nada mejor que remontarnos a los albores de la reflexión ética.

Allí, en la Illiada, obra del primer poeta, se nos aparece, el reclamo desgarrador de un padre que venciendo toda prudencia y toda lógica se introduce en el campamento del enemigo para rogarle al hombre que acaba de matar a su hijo que le devuelva el cadáver, pues su familia necesita despedirlo. La súplica del anciano conmueve al guerrero invencible.

Hasta el más terrible de los criminales merece un entierro. Hasta los enemigos más odiados tienen derecho a llorar sobre los restos de un hijo, una madre o un hermano. Esta es la enseñanza de Sófocles. Aquí estamos ante una mujer que no trepida en desobedecer las órdenes de su Rey, el que ha prohibido, so pena de muerte, que el cadáver de Polinices, revolucionario que levantó un ejército extranjero contra su propia Patria, reciba el ceremonial debido a los fallecidos. Antigona desafía la ley de su ciudad. Su rebeldía es descubierta. Antes de sufrir el castigo, le recuerda al Rey que ella ha seguido una ley anterior a las suyas.

Nuestro Museo de la Memoria es un recordatorio del horror que el Estado de Chile le aplicó a algunos de sus ciudadanos. Entre otras crueldades, el ocultamiento del cuerpo de los asesinados, privando a la familia del derecho natural a tener certeza sobre la situación del desaparecido y, también, del no menos sagrado derecho a llorar sobre los restos del ser querido del modo en que la cultura respectiva acompaña el duelo, el homenaje y la despedida. Como Príamo, como Antígona.

Es una pena que haya compatriotas que no entiendan cabalmente el sentido del Museo de la Memoria. No es el lugar para hacer la discusión a fondo y completa sobre las muchas causas que explican que la democracia chilena haya sucumbido dramáticamente en 1973. Esa es una discusión que todavía hay que hacer, y más que apuntar con el dedo al otro, debiera ser un ejercicio muy autocrítico, pues el fracaso fue de todos.

El Museo de La Memoria no tiene por objeto identificar sectores políticos buenos y sectores políticos malos. Lo que allí se muestra tiene que interpelar por igual a izquierdistas y derechistas.

Habrá que seguir trabajando por hacer de la idea de los derechos humanos un compromiso realmente universal. Mientras tanto, doy gracias a todos quienes defendieron la idea tras el Museo. A las mujeres abogados que firmaron una elocuente declaración. A los artistas, músicos y actores. Y, especialmente, a Raúl Zurita. Al poeta.

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