Pablo Valderrama

Pablo Valderrama

Director Ejecutivo IdeaPaís

Opinión

Identidad en la centroderecha


En la primera mitad de septiembre, el diputado Jaime Bellolio (UDI) le puso sal y pimienta a dos temas de la contingencia. En primer lugar, al interrumpir su discurso y “ceder” frente al homenaje a Salvador Allende que los parlamentarios de izquierda realizaron al interior del Congreso; y, en segundo término, por la polémica producida al interior de la coalición luego de su votación a favor del proyecto de ley de identidad de género.

 

Aunque por razones distintas, los dos episodios anteriores ponen sobre la mesa lo evidente: la centroderecha chilena está cambiando. De hecho, tanto es así, que incluso un diputado de la UDI estaría modificando los moldes de lo políticamente esperable. En consecuencia, a la centroderecha se le ve, poco a poco, “liberada” de discusiones sensibles –dictadura y los temas valóricos–, pues parece que ya no duelen tanto. Es más, actúa como si fueran asuntos superados, no solo porque la batalla estaría perdida y el supuesto progreso sería ineludible –dirían algunos–, sino porque incluso los argumentos opositores estarían haciendo sentido.

 

Con todo, ¿será que no hay identidad propia para generar, a su vez, respuestas propias?

 

En lo que a la dictadura se refiere, la tendencia pareciera ser clara: la única manera de entrar al debate es hacerlo al modo propuesto por la izquierda. No hay otra aproximación posible que impida ser tildado de negacionista o de estar pidiendo contextos. El mainstream criollo pareciera haber zanjado lo políticamente correcto y no queda más que subirse a ese absoluto moral. En ese sentido, la actitud republicana de Bellolio es correcta, pero lo mediático del asunto corre el riesgo de ocultar lo esencial de la cuestión: no es cierto que toda la historia esté sentenciada y que la derecha esté condenada a decir sí frente a todo lo que se le diga, más bien, pesa sobre ella la necesidad de generar una interpretación de la historia de modo coherente y original, que le permita como resultado, salir del área chica de Pinochet y atender, por ejemplo, al aporte que los gobiernos anteriores han hecho por nuestro país.

 

Sobre lo segundo –las discusiones valóricas–, la impresión es que no quedaría más que ceder al avance de la historia, siendo aconsejable alejarse de todo tipo de oposición, pues un mero atisbo de ella tendrá olor a fanatismo religioso. Sin embargo, este pragmatismo encubierto desconoce que el futuro de la centroderecha no radica en mimetizarse con el contrario, sino en ser capaz de generar, al alero de sus propias ideas, un contenido político propio y reformador. En tal sentido, resulta llamativo que se abrace, sin distinción alguna, la idea de los derechos individuales en desmedro de toda consideración social. O si se prefiere, que se abandone una perspectiva integral del ser humano –que lo entiende anclado en sociedad, con íntimas relaciones con los demás y con bienes entrelazados– y sea reemplazada por la supremacía de la autonomía individual por sobre todo lo demás. En ese sentido, Bellolio y el gobierno, a quienes muchos llamados conservadores no dudaron de apoyar, se equivocan al abrazar ideas tan ajenas a la propia identidad que dicen representar.

 

En suma, guste o no, nos encontramos en tiempos de cambios y de cuestionamiento de las propias coaliciones, lo que es, sin lugar a dudas, un proceso natural y altamente necesario. Sin embargo, cuando se evita la reflexión por ceder a lo popular, desconfiando en la pasada de lo propio, se corre el riesgo de ensalzar el pragmatismo y de atarse de manos para ofrecer respuestas desde la propia identidad

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