Juan Ignacio Brito

Juan Ignacio Brito

Periodista

Opinión

Igualmente cuestionables

Lenín Moreno, Mauricio Macri y Sebastián Piñera, durante la asunción de Iván Duque, en agosto. Foto: Presidencia de Ecuador/Archivo

Incluso antes de nacer, Prosur genera polémica. Lo que sorprende es que, dado el fracaso de las experiencias anteriores, nadie cuestione la premisa sobre la que se da este ácido debate: la supuesta necesidad de que la coordinación de las políticas exteriores de la región tenga que darse únicamente a través de un ente multilateral formal y permanente.

La experiencia de Unasur debería enseñar algo respecto de la efectividad de este tipo de organizaciones. ¿Habrá que recordar que todos aplaudieron cuando nació hace apenas una década? Sus críticos dicen hoy que Unasur tuvo desde su origen un sesgo ideológico, que fue incapaz de enfrentar la crisis venezolana y que se construyó alrededor un aparato burocrático pesado. Sus defensores, en cambio, apuntan a los “grandes éxitos” de Unasur, citando ejemplos que, la verdad sea dicha, sirven de poco para justificar la existencia de una entidad como esa.

Los promotores de Prosur aseguran que el organismo no repetirá los errores de Unasur. Pero hay que dudarlo, porque existe un problema de fondo en nuestra región, que se ubica más allá del alcance de cualquier ente multilateral: cuando el zapato aprieta de verdad, nuestros países desconfían de los foros amplios y prefieren actuar solos o en subgrupos. El Grupo de Lima es un ejemplo: enfrentados a la crisis venezolana, los gobiernos diseñaron un mecanismo ad hoc para coordinarse al margen de una institución formal que no hubiera sido útil para alcanzar el objetivo. Una dinámica similar tuvieron hace ya tiempo el Grupo Contadora (para la paz en Centroamérica) y su sucesor, el Grupo de Río.

Como los países de la región no han alineado profundamente sus intereses nacionales, los aliados de hoy son los rivales de mañana. Brasil y Venezuela proveen un ejemplo: antes fueron socios para crear Unasur; hoy están en trincheras opuestas.
Mientras lo anterior siga ocurriendo, será imposible que en América del Sur haya integración real. Eso es lo que

explica el fracaso de Unasur y de los esfuerzos que la precedieron. Y, como nada sugiere que las cosas vayan a cambiar de manera sustantiva, probablemente eso también sea lo que termine, tarde o temprano, derrumbando a Prosur.

Antes que fundar una institución que se hará inútil para reemplazar a otra que ya lo es, resultaría más eficiente establecer mecanismos de consulta ágiles y flexibles, que permitan coordinar posiciones cuando sea necesario. La experiencia indica que esas instancias sí funcionan. Además, así nos ahorraríamos las cumbres llenas de retórica vacía, los edificios inservibles, las burocracias abultadas, los pitutos entre amigos y, por supuesto, las polémicas lateras.

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