Imposturas

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El 15 de noviembre se firmó el "Acuerdo Por la Paz y la Nueva Constitución", que no incluía paridad de género. Foto: Richard Ulloa



Votar que "NO" en el plebiscito de abril, es una postura tan legítima como democrática. Muchos ciudadanos no desean reformar nuestra actual Constitución, ni menos discutir una nueva. Las razones son muchas: habrá quienes piensan que su contenido es el justo y adecuado; otros dirán que es un texto que le ha dado estabilidad al país; como también están los que temen por la incertidumbre política y social que pudiera devenirse del proceso; o quizás todas las anteriores.

Pero constituye una impostura, la mayor de todas diría yo, que algunos dirigentes de la derecha justifiquen su rechazo a contar con una nueva Constitución, debido a los niveles de violencia política que estamos viviendo. Es una impostura porque, y es el caso del senador Andrés Allamand, el año 1980 concurrieron a votar que "SÍ" para aprobar un texto constitucional elaborado en dictadura, sancionado en un proceso sin registros electorales, donde se impidió a la oposición de entonces hacer campaña por la alternativa contraria, opositores a los que -nunca está demás recordarlo- se les asesinaba, desaparecía, torturaba, exiliaba, encarcelaba y perseguía. Entonces, es difícil imaginar un escenario de mayor violencia que ese y, sin embargo, no escuché de él, ni de nadie en la derecha, un argumento como el que hoy enarbolan.

Ahora bien, como quiero creer que la hipocresía, la inconsistencia y el doble estándar no pueden ser tan groseros, una segunda impostura es entonces disfrazar las verdaderas razones de su rechazo; muchas de las cuales muy legítimas, como de hecho ya lo manifesté al principio, y otras no tanto, en especial por el subsidio ideológico y electoral que nuestra actual Constitución le ha provisto a ese sector político. Como sea, es verdad que a la derecha le ha faltado coraje para defender lo que verdaderamente cree.

Esa ausencia de valentía política es la que lleva a la tercera impostura, que radica en el oportunismo de muchos de esos dirigentes que manifestaron su temprano compromiso con el proceso de contar con una nueva Constitución; para después, y en una tan espectacular como obscena voltereta, afirmar exactamente lo contrario. Fue el caso, y ejemplifico nuevamente con Allamand, que hace no muchas semanas -en la televisión pública si mal no recuerdo- declaró a los cuatro vientos que era partidario de contar con una nueva Constitución.

Y para concluir, la impostura de sostener que sí están a favor de los cambios constitucionales, pero por la vía institucional. Lo anterior no sólo se contradice con una larga y nutrida evidencia de estos últimos 30 años de democracia, sino peor, significa sugerir que no es institucional el camino que ellos mismos acordaron y firmaron, como también pone en duda la legitimidad democrática de su resultado.

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