Impuesto a la riqueza: Muchas Preguntas, Pocas Respuestas

12 Abril 2016 Fachada de las Oficinas del Servicio de Impuestos Internos de calle Suecia. Foto Andres Perez - SII - EXTERIOR - CONTRIBUYENTES - USUARIOS - TRANSEUNTES - HOMBRE - MUJER - EXTERIOR -

“No sabemos cómo medir riqueza, mucho menos definirla en una ley y cobrarle impuestos. Chile no es la excepción”.



Hay tres preguntas básicas que se deben responder sobre un impuesto ¿A qué le vamos a cobrar el impuesto? ¿Cuánto va a recaudar? ¿Quién lo va a pagar? En el caso del impuesto a la riqueza las respuestas son: no sabemos, no sabemos y no sabemos.

El impuesto a la riqueza tomó fuerza en el debate actual gracias a un articulo de dos economistas franceses, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, en el que respondieron las dos primeras preguntas. Ellos calcularon, para Estados Unidos, la riqueza de los “súper ricos” y cuánto recaudaría un impuesto a esta riqueza. El problema es que, como cualquier persona que trabaje en valorización de activos sabe, medir riqueza es casi imposible. Por ejemplo, dos economistas estadounidenses, Zidar y Zwick, replicaron el artículo de Saez y Zucman con un pequeño cambio de supuestos, asumiendo que los “súper ricos” obtienen mayor retorno a sus inversiones que el resto de la población. ¿El resultado? La riqueza y recaudación del impuesto cae a menos de la mitad. No sabemos cómo medir riqueza, mucho menos definirla en una ley y cobrarle impuestos. Chile no es la excepción. Por ejemplo, la herencia de Guillermo Lucksic, valorada por el SII, pagó US $5 millones con una tasa del impuesto del 25% ¡que es 10 veces la tasa propuesta en el impuesto a la riqueza!

En cuanto a quién termina pagando el impuesto a la riqueza, la respuesta no es obvia. El impuesto no siempre es pagado por quién lo define la ley, en este caso los “súper ricos”. Por ejemplo, el impuesto corporativo a las empresas lo terminan pagando en gran parte los trabajadores a través de menores sueldos. En Alemania, se mostró que más de la mitad del impuesto corporativo lo pagan los trabajadores, con una carga aún mayor para las mujeres y aquellos con bajos niveles educativos. Siendo el impuesto corporativo el más parecido al impuesto a la riqueza, podemos esperar que una parte importante de este termine siendo pagada por los trabajadores. Justamente el ministro de finanzas sueco que abolió el impuesto a la riqueza en ese país en 2008 dijo: “Con la eliminación del impuesto a la riqueza esperamos darle un impulso al deseo de invertir en Suecia, y así darles a las compañías las condiciones creen más y mejores empleos”. En un contexto de crisis, es una pésima idea cargarles la mano a los trabajadores para aumentar recaudación fiscal.

Lawrence Summers, profesor en temas de impuestos de Harvard, ex-economista jefe del Banco Mundial, ministro de hacienda de Clinton y asesor económico de Obama, fue consultado respecto al impuesto a la riqueza. ¿Su respuesta? Estoy un 98,5% convencido de que es un pésimo impuesto, y estoy 100% convencido de que es una pésima idea gastar capital político del progresismo en buscar su aprobación. Pareciera que Summers se anticipó al resultado del impuesto a la riqueza aplicado en Argentina durante la pandemia, que ha tenido nula recaudación y una gran judicialización en su cobro.

Emmanuel Saez, el mayor impulsor de este impuesto en el mundo, al ser consultado sobre por qué este impuesto fue un fracaso en todos los países en que se aplicó, respondió que para que el impuesto a la riqueza funcione debe ser diseñado bien. Dudo que el buen diseño al que se refiere Saez sea el mismo que tiene en mente la diputada impulsora de este impuesto en Chile, que lo justifica citando a Lenin.

* El autor es Estudiante Doctorado en Economía, Princeton University

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