Independencia de Chile

Foto: AgenciaUno




El resultado del plebiscito cada vez tiene menos tensión. La contienda entretenida ahora es qué ocurrirá en la elección de la convención constitucional, en especial con los independientes. Este tema se instaló en momentos posteriores al acuerdo de noviembre, aquel que varios criticaron y hoy varios se suben al conveniente carro. Aunque se establecieron buenas ideas, no se estableció criterio para incluir independientes en las postulaciones, dejando esa tarea al Congreso.

En el momento de la discusión legislativa, que requería altos quórums, el Parlamento resolvió los problemas de paridad de género, pero mantuvo un alto nivel de firmas a recolectar para postular como independiente. Varias personalidades con interés en participar como el Dr. Hamilton, la periodista María Olivia Monckeberg y el músico Claudio Narea intentaron armar un partido instrumental para superar la barrera, pero problemas internos no muy claros hicieron naufragar la propuesta.

Para otros independientes con deseos de estar en la historia, los requisitos se volvieron imposibles con la pandemia, pues implica juntar firmas en una notaría, con las dificultades para el desplazamiento que tienen las personas. En las redes sociales aparecen cada cierto rato listas de personas ideales para cambiar la Carta Magna. Pero una cosa es ser bienamado de la estridencia digital y otra es obtener los votos necesarios, en un sistema proporcional y con varias barreras de entrada. Los más fatalistas ven en esa diferencia mayor desprestigio de los partidos, e incluso, una cierta pérdida de legitimidad de la constituyente. Los críticos de izquierda y derecha que tiene el acuerdo constitucional aprovecharán la oportunidad para dispararle al proceso. La crítica de muchos apasionados por la asamblea constituyente los convertirá en funcionales a quienes defienden el statu quo establecido en el 80; pero desde la época de la revolución rusa, el infantilismo de izquierda ha jugado ese rol.

Cabe preguntarse si la convención será más legítima si hay más independientes, y la verdad que no es así. Los partidos, por muy desprestigiados que estén, juegan un cierto rol en eliminar las asimetrías de información en una elección popular. Al votar por un candidato auspiciado por un partido de ideología conocida, el votante está manifestando cuál es su visión de la sociedad. Esto es aún más necesario en un proceso orientado a diseñar el país que tendremos en las próximas décadas. En un extremo, una convención formada por rostros admirados sin líneas claras es también una burla a la voluntad popular, y termina pareciéndose al Congreso en Perú, con las consiguientes consecuencias en deslegitimación de la democracia. Es cierto que los partidos adolecen de falta de circulación de personas y a falta de elenco recurrirán a sus figuras probadas, varias de ellas con necesidad de volver a aparecer en la palestra pública. Ese es el camino fácil, pero el audaz sería que las directivas abrieran el espacio a no militantes, sin más condición que la suscripción de un compromiso mínimo de ciertos principios a defender en la convención, para que así el público tenga claro qué piensa el candidato o candidata. Esa puede ser una solución para resolver el dilema de los independientes, y con ello reciclar la política e incorporar rostros nuevos.

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