Ingenuidad constitucional



Por Luis Larraín, presidente del Consejo Asesor de Libertad y Desarrollo

Quizás porque la Constitución es la piedra angular del ordenamiento jurídico, en el Derecho Constitucional se congregan varios de los abogados más brillantes. Me precio de la amistad de algunos y conozco a otros que tienen mi respeto y consideración. A los cercanos les he comentado acerca de una característica inquietante de la especialidad: su vocación de martillos. Tras cada constitucionalista hay un martillo encubierto; todo lo que ese martillo ve son clavos, su instinto primario es golpearlos.

Es en verdad impresionante la adrenalina que genera en destacados juristas la posibilidad, poco frecuente lo entendemos, de reformar o escribir una nueva Constitución. Es también excesiva su confianza en lo que podrían lograr. Lo que vivimos lo confirma: la Constitución sería la “casa de todos”, donde cada cual podría dibujar sus ideales, una suerte de muro en que todos los chilenos, premunidos de tizas de colores, dejaríamos nuestros trazos. Lo que vemos en la Convención es bien distinto: las mayorías imperantes han aprobado un reglamento que tiene “principios” (es mi primera experiencia con un reglamento tan dotado). Con ese pretexto, solo serán permitidas expresiones de convencionales que se ajusten al texto reglamentario aprobado por la mayoría, lo que no es otra cosa que una burda limitación a la libertad de opinión impuesta antes de empezar siquiera la deliberación.

Otra lindura de la Convención es la posibilidad que su vicepresidente Jaime Bassa nos adelanta: las autoridades que elijamos en las próximas elecciones, para las cuales faltan menos de cincuenta días, podrían ver revocado su mandato por obra de la Convención, pues está entre sus facultades hacerlo. Bassa cuenta con el apoyo de un constitucionalista amigo mío que dice que tiene razón, porque la Convención tiene la facultad de alterar el régimen de gobierno y por lo tanto los mandatos de autoridades elegidas. Claro, mi amigo agrega que esta facultad debiera ejercerse con prudencia y la Convención aún no ha dedicado un minuto a discutir el tema, mientras los chilenos estamos convencidos de que elegiremos un Presidente de la República (si esta facultad existe) por cuatro años y los candidatos creen que esa es la competencia electoral en la que se han embarcado. Pero lo más grave es que la aprobación por dos tercios, el sustento de “la casa de todos”, ha sido burlada tramposamente con los plebiscitos dirimentes, que podrían aprobar normas que no obtuvieron los dos tercios en la Convención.

Solo tres ejemplos de cómo destacados constitucionalistas, fascinados con esta oportunidad y dotados de una ingenuidad que no se lleva bien con su inteligencia, nos pueden terminar embarcando en la elaboración de un mamarracho que restrinja gravemente la libertad, mientras colegas menos ingenuos se soban las manos con una sonrisa mefistofélica en el rostro.

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