Opinión

Intentos para cambiar la Constitución


Se ha dado a conocer que la mesa que presidirá el Senado desde marzo de este año se propone la reactivación del proyecto de nueva Constitución que enviase a dicha cámara el gobierno de Michelle Bachelet, a una semana del fin de su mandato. Las posibilidades de que este proyecto avance son menos que remotas, en la medida que contiene una propuesta de desguace del mismo modelo económico social –el vigente en el país- que vino explícitamente a defender la actual coalición de gobierno, y para lo cual recibió solo un año atrás un fuerte mandato de la ciudadanía.

Para entender, entonces, la intención de la próxima mesa del Senado, debe tenerse en cuenta el trance complejo que vive la centroizquierda, tras su reciente derrota. Entre los miembros de la ex Nueva Mayoría los hay más moderados e interesados en abordar los problemas concretos del país con sentido práctico; y, también, extremadamente ideologizados, comprometidos con una oposición absoluta, para avanzar sus visiones. La izquierda moderada se debate entre la necesidad de establecer una identidad clara e incorporarse al trabajo de hacer buen gobierno, desde el poder legislativo y con los intereses ciudadanos como guía, y su interés en asegurar que la extrema izquierda continúe a su lado para enfrentar mejor a la centroderecha en las próximas competencias electorales.

Las recientes amenazas del Frente Amplio de no honrar sus acuerdos en torno a la dirección de la Cámara, el Senado, y sus respectivas comisiones parlamentarias, en reproche al apoyo brindado por la Democracia Cristiana y el Partido Radical a ciertos proyectos del oficialismo, ilustran la tensión que está determinando en gran parte las estrategias que se definen desde la oposición.

En este contexto, de necesidad de encontrar instancias de cooperación y unión para la izquierda, se entienden los esfuerzos de la ex Nueva Mayoría para potenciar temas puramente simbólicos -como el aniversario del Plebiscito de 1988- o ahora el intento por revivir la discusión en torno a la reforma de la Constitución; iniciativas todas de poco efecto práctico, pero que permiten a los socios políticos seguir actuando en conjunto, y en desmedro del gobierno.

No es claro si estos proyectos de carácter “unitivo” limitan a los miembros más moderados de la coalición de izquierda para desplegarse en temas ciudadanos y concretos, o si, por el contrario, son precisamente estas posibilidades de actuación conjunta con la extrema izquierda, en temas más bien simbólicos, los que abren el espacio para diferenciarse en otras materias y lograr identidad. Sí parece claro que, aun con baja viabilidad política, el proyecto de revivir la propuesta de reforma constitucional de Michelle Bachelet es inconveniente, en la medida que pretende activar una discusión que crea incertidumbre y polarización domésticas, y proyecta al mundo la equívoca imagen de un país dispuesto a revisar sus instituciones más relevantes.

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