Jornada decisiva



Por Luis Larraín, presidente del Consejo Asesor de Libertad y Desarrollo

Chile ha vivido tiempos intensos estos dos últimos años. Desde el “estallido social”, nombre con que la prensa bautizó el intento de la izquierda por desestabilizar usando la violencia a gobiernos de derecha, lo de Colombia lo ratifica, el país se encuentra en una radical revisión de su institucionalidad. La pandemia ha motivado la continuación por otras vías de la guerra que desarrolla la izquierda contra el gobierno. La mezquindad, lidiando con el sabotaje, que han mostrado algunos, hace pensar que anhelan el colapso de nuestro sistema de salud, la paralización del país para imponer su agenda socialista e incluso la muerte de muchos más chilenos. Todo para oscurecer la gran gestión del gobierno en materia de vacunación y camas críticas.

Pero la pandemia ha tenido, también, el efecto de extender, a veces de manera dramática, la precariedad que viven hoy muchas familias chilenas. El momento populista que experimenta el país, apoyado por la irresponsable actuación de los canales de televisión y el comportamiento abominable de muchos políticos, amenaza con botar a la basura una institucionalidad que ayudó a transformar a Chile en el país más próspero de Latinoamérica, después de haberse ubicado entre los más pobres hace unas décadas. El fin de esa prosperidad, causada entre otras cosas por la interrupción del crecimiento económico en los cinco años previos al “estallido social” y la acumulación de algunos problemas que la clase política no fue capaz de resolver, como las bajas pensiones, la inmigración descontrolada y la incapacidad del Estado para modernizar el aparato público, se agrava ahora con los efectos del Covid-19 y las medidas populistas que el Congreso ha tomado, echando por la borda el equilibrio fiscal y la institucionalidad económica que nos regía.

La jornada de votación que comienza hoy será decisiva para saber si Chile ratifica que continuará con un prolongado período de declinación que se extenderá por al menos una década; o si, por el contrario, una actitud más reflexiva que permita discutir nuestras diferencias para canalizarlas pacíficamente (el principal objetivo de una Constitución) lleva a consensuar reglas razonables para nuestro país. Esta última posibilidad depende críticamente de que la centroderecha logre más de un tercio de los constituyentes. Ese es un objetivo de gran valor simbólico, pues de no lograrse se estaría simplemente entregando las llaves de la casa para que dispongan de ella los que quieren echarla abajo. La única manera de evitar eso es ir a votar y convencer a personas moderadas, que aún son la mayoría, pero no logran levantar cabeza ante la ola populista, de que concurran también a las urnas. La libertad se pierde no por culpa de quienes se empeñan en atacarla, sino por la debilidad de quienes no son capaces de defenderla.

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