Kasting



Por Carlos Meléndez, académíco UDP y COES

Clasificar a un proceso electoral para la Presidencia del país puede ser el resultado de un trabajo de años o simplemente cuestión de suerte. Los aspirantes pueden haber optado por el camino esforzado de la carrera política o haber apostado por convertirse en un outsider favorecido por la volatilidad electoral. Pero una vez en el “partidor”, las campañas se convierten en competencias cortas, en las que los postores elaboran propuestas buscando conectar con la ciudadanía. En el lado de la oferta, se ensayan visiones del mundo para compartir (ideologías), principios y causas a las cuales adherir (valores) y hasta historias de vida para cautivar (atractivos personalistas). En el lado de la demanda, hay examinación (no confundir con pasividad). Las audiencias escrudiñan, evalúan, auscultan, según el ánimo social predominante, antes de emitir su veredicto. Se trata de una suerte de casting para elegir a quienes serán los protagonistas de un nuevo episodio de crisis de representación.

A menos de dos meses de la primera vuelta presidencial, los candidatos maniobran entre los factores que pueden controlar (planes de gobierno y marketing político) con aciertos o errores e improvisando frente a factores externos (escándalos) que colocan el viento a favor o en contra. Si partimos de la premisa de que, luego del estallido social, la sociedad chilena se encuentra inclinada hacia la izquierda, Boric se ubica en la pole position. Ha jugado a mantener la ventaja a partir de extender la indignación post estallido al momentum electoral. Como si la sanción moral hacia los rivales, lo debiesen elegir como el “mal menor”. Sichel ha sufrido de lapsus, ajenos y propios. El de su rival durante el primer debate, Provoste, ha sido el más inofensivo; el más nocivo: el haber nombrado como voceros de su campaña a connotadas figuras del gobierno del que trata de distanciarse. Sichel no sabe cómo alejarse de los partidos de la coalición oficialista aun sabiendo que los necesita. Por su parte, la candidata DC apela al error de los rivales antes que al mérito propio, pues el espacio centrista solo se abrirá si cesan los ánimos polarizantes –lo cual es poco probable. Parisi, Enríquez-Ominami y Artés esperan a una suerte de peruanización de la campaña: ser el Pedro Castillo que catalice la indignación y el hartazgo de las ofertas favoritas. Difícil: a ninguno de los tres le queda bien el sombrero identitario.

Si la fragmentación ha ayudado a alguno, ha sido a José Antonio Kast. Aunque originalmente su candidatura apela a un nicho electoral (la derecha más dura), ha encontrado dos temas beneficiosos para sus intereses. Su posición antinmigrante sintoniza con un sector nativista movilizado (y hasta violento, como hemos visto en Iquique) que reafirma su posición de derecha radical. Además, ha politizado el tema del Covid, para alcanzar a un electorado más pragmático, golpeado económicamente por las medidas de confinamiento en las que Boric quiere insistir, y apelando a un discurso que valore las libertades civiles (que lo conecta con un electorado mucho más amplio). Si a ello le sumamos su desempeño solvente en debates y apariciones, comprendemos su escalamiento en las encuestas. Si bien tiene en contra una de las identidades negativas más resilientes (el antipinochetismo), que podría constituir en su techo electoral, ha sabido ampliar el espacio contrarrevolucionario y convertirse en uno de los ejes de la campaña. Ha imprimido un Kasting en las semanas decisivas del casting electoral.

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