Sergio Muñoz Riveros

Sergio Muñoz Riveros

Analista político

Opinión

La amenaza

Foto: Radio Aukinko

El sábado 1 de diciembre se realizó en Temucuicui una reunión de líderes mapuches, en la que se acordaron cuatro puntos que, según el dirigente Jorge Huenchullán, son los requisitos mínimos para dialogar con el gobierno: la desmilitarización de la zona (como ellos llaman a la salida de las fuerzas especiales de Carabineros); la libre determinación mapuche; la creación de una comisión de esclarecimiento de los crímenes históricos, con vistas a establecer indemnizaciones costeadas por el Estado; y la restitución territorial, lo que supone expulsar a las empresas forestales. “Si las autoridades están de acuerdo con llevar a cabo el petitorio -dijo Huenchullán-, estamos dispuestos a hablar. Si no lo están, habrá un llamado a la rebeldía mapuche”.

Se puede deducir que la “rebeldía mapuche” es más o menos lo que ya hemos visto en la macrozona sur: básicamente, la quema de todo lo que se pueda, incluidas las casas de los comuneros disidentes. Se trata pues de un ultimátum: o se aceptan los “requisitos mínimos”, o vendrán convulsiones peores. El comunicado de Temucuicui rechazó “la domesticación, el paternalismo y el colonialismo”, que atribuye al Estado chileno, pero al mismo tiempo reclamó amplios beneficios que ese mismo Estado tendría que financiar. Es un modo muy singular de concebir la autodeterminación.

El estado de derecho nos obliga a todos. Por eso, hay que cortar de raíz los abusos y torpezas policiales que la desgraciada muerte del joven Catrillanca dejó en evidencia. La ola de nuevos ataques incendiarios ha incrementado el temor y la desconfianza en la zona, lo que hace más complejo el esfuerzo del gobierno por favorecer el desarrollo económico-social y el mejoramiento de las condiciones de vida del pueblo mapuche. Aucán Huilcamán no ocultó su satisfacción al decir que “el Plan Araucanía empieza a irse al carajo”.

Los líderes mapuches que apuestan por la confrontación, no se conformarán con nada que no sea la creación de una entidad política distinta a Chile, que por supuesto ellos se ofrecen para gobernar. Sin embargo, eso no ocurrirá, aunque los ideólogos universitarios se exciten con la perspectiva de algo parecido a la revolución, y para ello entreguen una coartada conceptual a “la violencia étnica”. De esa vía sólo pueden esperarse mayores calamidades para mapuches y no mapuches, además de serios riesgos para la estabilidad democrática. No se puede ceder al chantaje moral de los grupos radicales.
Hay que aislar a la minoría violenta, y para eso es necesario alentar la cooperación y dialogar con todas las comunidades que estén dispuestas. Pero es obligatorio el realismo. Es preferible que el gobierno no ofrezca cuotas de representación parlamentaria ni haga promesas aventuradas. No hay soluciones mágicas; pero no habrá ninguna solución si se contemporiza con quienes nos amenazan a todos.

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