La columna de Gonzalo Larraguibel: De la confrontación al diálogo y la colaboración: un cambio cultural ineludible

"Necesitamos desarrollar una mayor cohesión interna, evolucionado desde una cultura de facciones, agresión y descalificación, a una centrada en priorizar el bien común. Es decir, pasar de la confrontación a la colaboración, estableciendo una nueva forma de diálogo que privilegie generar equilibrios y acuerdos entre los antagonismos."



Con un elevado y sostenido nivel de incertidumbre e interconexión, el mundo continúa avanzando en una trayectoria marcada por importantes transformaciones y disrupciones. Un escenario global de riesgo al que, en Chile, hemos añadido un componente adicional local no despreciable, entre otros, producto de nuestros propios procesos sociales, políticos y económicos, y la forma en que los gestionamos.

Esta mayor incertidumbre y en particular el proceso constituyente, ponen a nuestra sociedad junto a sus líderes políticos, civiles y empresariales ante una responsabilidad y desafío de gran magnitud. “Ambiguo” para algunos y “razonable”para otros, lo cierto es que el borrador de la nueva Constitución y el proceso que lo ha generado ha producido reacciones mixtas y polarizadas. Además, sea cual sea el resultado del Plebiscito Constitucional de Salida programado para el 4 de septiembre, nada se resolverá si es que nos quedamos enfrascados en la confrontación, en lugar de buscar espacios de diálogo y colaboración. No olvidemos que aún estamos en el punto de partida de un proceso que, sin duda, demorará años y quizás hasta más de una década en converger a una situación de equilibrio con mayor estabilidad y legitimidad. Por eso, si continuamos avanzando tan polarizados y sin lograr acuerdos, no solo agregaremos riesgo y rigidez a nuestro país en un mundo que cambia a pasos vertiginosos, sino también le estaremos restando capacidad de adaptación.

Transformar las aspiraciones sociales de una mayoría de los ciudadanos en una realidad concreta requerirá recursos, y para ello necesitamos una economía en continuo y vigoroso crecimiento, empresas competitivas e instituciones públicas y de la sociedad civil fortalecidas. Sin embargo, esto es necesario pero no suficiente, ya que cada vez es más claro que también necesitamos desarrollar una mayor cohesión interna, evolucionado desde una cultura de facciones, agresión y descalificación, a una centrada en priorizar el bien común. Es decir, pasar de la confrontación a la colaboración, estableciendo una nueva forma de diálogo que privilegie generar equilibrios y acuerdos entre los antagonismos, permitiendo avanzar hacia los cambios necesarios en lugar de seguir profundizándolos solo para el festín y ganancia de los extremos.

Particularmente en el mundo empresarial, lograrlo requiere profundas transformaciones a nivel cultural, involucrando valores, conductas y formas de trabajo, así como también a nivel técnico, adaptando estructuras, procesos y capacidades. Replantearnos con mucha atención lo que hacemos y cómo lo hacemos, junto a las implicancias que esto tiene en este nuevo contexto que, como ya hemos mencionado, avanza marcado por rápidos y profundos cambios sociales, medioambientales y tecnológicos, entre tantos otros.

En ello, el rol que ejerce el directorio y los controladores es fundamental, frente a lo que emergen varios temas claves que deberían ser parte de su agenda de manera urgente y con mirada estratégica de largo plazo, para potenciar la sustentabilidad de las empresas en Chile. Sin ir más allá, en conversaciones recientes con un amplio y diverso grupo de directores de compañías líderes en el país, han aparecido con fuerza cuatro temas fundamentales de abordar tanto por las empresas públicas como privadas, junto a sus directorios, en este desafiante contexto: (1) Fortalecer el relacionamiento con las comunidades y el rol de la empresa en la sociedad y el territorio; (2) Desarrollar la nueva dimensión humana de las organizaciones, “pasando del hardware al software”; (3) Potenciar el rol del directorio en la transformación de las empresas y de sus directores como motores del cambio; y (4) Desarrollar nuevas culturas colaborativas, de mayor horizontalidad y trabajo en equipo, para potenciar la agilidad y adaptabilidad al cambio permanente.

Es claro que todo lo anterior significa una profunda transformación y cambio cultural, que será probablemente el test último de sustentabilidad de nuestras empresas a futuro. Además, si bien hoy parece crítico que el mundo político tome la iniciativa y el liderazgo para resolver el complejo contexto en el que nos encontramos, cargarlo a sus manos pareciera que podría resultar siendo un tanto idealista e ingenuo.

Sé que hablo por muchos cuando digo que realmente deseamos lo mejor para Chile, nuestro país donde queremos seguir haciendo empresa y viviendo junto a nuestros seres queridos, por eso es clave preguntarse ¿Qué debemos hacer cada uno de nosotros, desde el controlador, el directorio, la administración y los colaboradores para asegurar la supervivencia y adaptabilidad de las empresas en Chile? ¿Cómo lideramos un cambio cultural hacia el diálogo y la colaboración en nuestras propias organizaciones? ¿Cómo influimos positivamente, más allá de la propia empresa?

*El autor es socio fundador Virtus Partners

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