La coproducción: lecciones de vacunas y aulas



Por Pablo Paniagua, investigador senior de la Fundación para el Progreso

En estas últimas semanas, una de las grandes lecciones que nos han dejado la pandemia y el éxito de la vacunación masiva es el concepto económico de coproducción. Desde la perspectiva de la economía política, mucho se ha dicho respecto a la pandemia: por un lado, que es una externalidad global que debe ser solucionada con soluciones estatistas (desde arriba hacia abajo), para así imponer coercitivamente soluciones como el distanciamiento social. Por otro lado, personas como Beatriz Sánchez —candidata a la Convención Constituyente— han visto el éxito de las vacunas como, “lo que significa tener derechos universales, básicos y garantizados”. Es decir, ella ve el proyecto político de su sector (¿el régimen de lo público quizás?) ya encarnado en la política pública de un gobierno de centro derecha.

Ambas visiones están equivocadas, ya que representan una visión hobbesiana y dicotómica del orden social y de la economía. En otras palabras, ambas visiones ven lo público con lentes sesgados hacia un estatismo y centralismo excesivos que busca eliminar la pluralidad del orden público y económico. Para entender dicha equivocación en estas últimas semanas, podemos ver dos casos de lo que en economía política se conoce como coproducción.

La coproducción es un término acuñado por la premio Nobel de Economía Elinor Ostrom —primera mujer en obtener dicho galardón—, para entender las relaciones de complementariedad entre la ciudadanía y los gobiernos locales en la producción de bienes públicos. Según Ostrom, la coproducción o co-productividad se refiere a que la producción de algunos bienes, particularmente algunos servicios públicos, requiere que el consumidor del servicio tenga un papel activo en su producción y mantención. En otras palabras, la acción del consumidor del servicio es fundamental para su prestación real y, por lo tanto, el consumidor se convierte en un productor parcial de dicho servicio. La coproducción requiere una mezcla de los esfuerzos productivos tanto de los productores regulares como de los consumidores, en una forma de relación simbiótica.

Así las cosas, este concepto, al aplicarse a la pandemia, echa por tierra tanto la visión hobbesiana de como solucionar nuestros problemas sociales, como aquellas soluciones centralistas referentes a las grandes externalidades. Veamos dos ejemplos de esto:

Primero, el concepto ostromiano de la coproducción se puede aplicar al exitoso proceso de vacunación ocurrido en Chile. De esta forma, lo que estamos viendo no es exclusivamente un triunfo del Estado central, o un supuesto triunfo de la “universalidad de los derechos sociales”. Más bien, la coproducción nos indica que las cosas son un poco más complejas. Sin duda el proceso ha sido impulsado por el Estado central, pero su real implementación y dirección ha involucrado una red policéntrica de servicios públicos y privados y a cuerpos de la sociedad civil en esfuerzos de coordinación del orden público, de los centros de vacunación y de los servicios hospitalarios para ejecutar la vacunación masiva. Estos esfuerzos entonces han sido sustentados a través de la coordinación de una red público-privada a nivel local, que se basa en la pluralidad institucional y en la colaboración entre ciudadanos, tanto entes privados como entes públicos locales, en la coproducción de un bien social: la vacunación masiva.

Mas aún, entidades particulares de la salud, como la Universidad Católica, tuvieron un aporte de coproducción relevante en la obtención de la vacuna para el país. La llegada a Chile de “Coronavac”, fue influenciada positivamente gracias a las gestiones privadas de la Universidad Católica. De hecho, el acuerdo contractual con las empresas chinas para asegurar dichas vacunas comenzó gracias a un acercamiento iniciado por la misma UC. Además, debemos reconocer que, al final del día, si la mayoría de los chilenos no quisiera vacunarse —al dudar tanto del Estado, como de las vacunas—, entonces el proceso de vacunación habría sido un fracaso.

Finalmente, ha sido gracias a la confianza de los adultos mayores y del resto de la población que el sistema de vacunación ha sido un éxito. En síntesis, ha sido gracias a una colaboración entre ciudadanos, sociedad civil y grandes entidades privadas y públicas —en donde la diversidad institucional, el pluralismo de concebir lo público y el respeto por la sociedad civil han imperado—, que hemos podido finalmente coproducir el anhelado bien social. Muy lejos entonces de aquellas visiones hobbesianas y centralistas de concebir lo público y muy lejos también de aquellos que creen que “consagrar derechos universales” en un papel basta para que estos puedan ser coproducidos de manera eficaz.

Segundo, el caso de la vuelta a clases presenciales demuestra el lado problemático de la coproducción. Es decir, por más que existan estudiantes que quieran aprender y volver a clases, si no existen profesores y padres dispuestos a volver a las aulas, la educación no puede ser producida como un bien social. Respecto a la imperiosa necesidad de volver a clases, el consenso de los expertos a nivel mundial es categórico: es esencial que los alumnos y los menores vuelvan a clases presenciales. De hecho, la UNESCO declaró que el regreso a clases es hoy “factible y urgente”, debido a que “muchos niños y niñas se están quedando atrás”, ya que no pueden contar con el “apoyo de sus docentes, para estar con sus compañeros”. Un estudio de Educación 2020 es revelador de esta actual tragedia: un 44% de los niños aseguran haber aprendido “poco o nada” durante el año pandémico 2020. Esta desgracia educacional de proporciones afecta sobretodo a los más necesitados, ya que poseen menos equipamientos tecnológicos, tales como computadores para todos los hijos y conexiones rápidas y estables a Internet, además de las redes de apoyo educacionales necesarias para poder mantener las clases no presenciales.

De nuevo, el concepto de coproducción de Ostrom ayuda a entender el por qué es fundamental la vuelta presencial a clases: la educación es un bien social que no se puede producir unilateralmente como un simple zapato o un televisor; es más bien un bien de tipo cooperativo que debe ser coproducido entre los alumnos, los profesores, los padres y redes de apoyo. De hecho, Ostrom menciona en sus trabajos a la educación como un ejemplo paradigmático de coproducción: solo si el alumno comprometido, la comunidad y los profesores trabajan juntos agregando insumos clave, la educación puede realmente producirse. Así las cosas, la educación por Zoom no es realmente educación, ya que carece de ciertos insumos claves de otros actores.

Como conclusión podemos destacar que los grandes problemas sociales que nos aquejan pueden ser entendidos a través de la diversidad institucional y la coproducción de bienes clave como las vacunas y la educación. El trabajo de Elinor Ostrom entonces nos enseña que existen soluciones complejas y cooperativas a nuestros problemas que van mucho mas allá de las soluciones leviatánicas del Estado y de las estrictamente privadas. Pero, al final del día, si la ciudadanía, la sociedad civil y los actores clave, como los profesores, no desean participar en la coproducción, entonces por más Estado y mercado que empujemos, no habrá solución alguna. Es de esperar que tanto profesores en general y el Colegio de Profesores en particular aprendan al menos esta lección.

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