La crisis moral de Chile (II)

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Referencial



La crisis moral de Chile, que subyace a los hechos que están acaeciendo, no se remite únicamente a los fenómenos mencionados en la columna anterior, esto es, el individualismo, el sentimentalismo ético, el desorden de las pulsiones personales sin límites, el consumismo y la devoción por los derechos junto al desdén por los deberes. Dos rasgos adicionales enraizados en la sociedad nacional actual merecen especial atención: la pérdida de la autoridad y la validación práctica de la violencia como medio de expresión del disenso político, ideológico o social.

La autoridad es posiblemente uno de los conceptos (y realidad) que han sido más desvirtuados durante las últimas décadas en el país. Se la ha confundido -muchas veces intencionadamente- con el autoritarismo (un defecto de la autoridad) y hasta con aquello que oprime al individuo emancipado de toda sujeción y norma al que aspiran algunas visiones del hombre contemporáneas. Por el contrario, la autoridad bien entendida es la sabiduría práctica que permite desarrollar un ámbito del quehacer humano y conducir adecuadamente a las personas para tales efectos. De esta forma, existen la autoridad paterna, educativa, empresarial, militar, judicial, política, etc. La legitimidad del uso del poder descansa precisamente en la autoridad de quien la ejerce. Más todavía, esta última resulta fundamental para el crecimiento de la libertad de quienes crecen a su vera, en su tránsito para llegar a ser ellos las autoridades futuras. Esta idea -y hecho esencial en la vida social- ha sido sistemáticamente debilitada. Como consecuencia, parece ser cada vez más escasa y existe temor a utilizarla. Entre otras razones, la ausencia efectiva de autoridad ha conducido a la aceptación empírica del uso de la violencia injustificada y desmedida en la sociedad.

Por largos años, se ha dejado negligentemente que la fuerza sea utilizada por terroristas, delincuentes, narcos y vándalos encapuchados.

Las falencias en la autoridad y la tolerancia sin cota del recurso a la violencia ilegítima impiden el buen desenvolvimiento de la sociedad y el florecimiento humano personal. Constituyen, ya desde hace algún tiempo, dos auténticas lacras. Por desgracia, durante el último mes mientras grupos terroristas y criminales han asolado sin cesar el país, quienes ocupan posiciones de mayor poder político han evidenciado vistosas carencias de autoridad en la contención y disuasión de esas acciones. Es una falta de responsabilidad grave dejar inerme a la ciudadanía frente al salvajismo desatado, mientras el Cuerpo de Carabineros se ve restringido para actuar por falta de apoyo efectivo de sus superiores políticos, al punto que están primando los derechos de los bandidos sobre los de la policía y los ciudadanos. Esto es una abierta abjuración de la autoridad. Parece estar configurándose un cuadro donde una autoridad legítima en su origen lo está dejando de ser en su ejercicio. Hasta aquí ha llegado el deterioro moral de la patria.

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