La cuadratura del círculo

Boric dice que Mario Marcel “es una garantía de seriedad” para las reformas de su gobierno, que “serán difíciles” de sacar adelante



El gabinete anunciado el viernes por Gabriel Boric habría sido muy distinto sin Mario Marcel como ministro de Hacienda. Igual que en esas contingencias del ajedrez cuando el destino de la partida depende de una sola pieza. En términos de diseño político, esta fue una jugada inédita, que puso uno de los principales ejes de poder del próximo gobierno fuera de la coalición que ganó las elecciones presidenciales. A lo que se agregó una anécdota todavía más extraña: la debilidad estructural en que quedó el PC, principal partido oficialista, en materia de conducción económica.

Así, en este raro paisaje, el arribo de Marcel a Hacienda vino a confirmar que, al menos en la primera etapa, el programa de gobierno quedará subordinado a las lógicas de la responsabilidad fiscal; sometido a un presupuesto para el año en curso 22% menor al ejecutado en el ejercicio anterior; y a los imperativos de reducir la inflación y restar liquidez, buscando reponer además los incentivos para que la inversión interna vuelva a fluir.

El Presidente Boric dio, sin duda, un golpe a la cátedra; como lo hizo esa noche de noviembre de 2019, cuando decidió estampar su firma en el acuerdo político que abrió las puertas al proceso constituyente; un gesto visionario que implicó el rechazo de buena parte de su entorno político, entre ellos el propio PC. El mismo partido que el viernes no pudo ocultar su distancia con el nombramiento de Marcel, en el momento en que la aprobación del mercado a dicha noticia hacía subir la bolsa y el dólar rompía a la baja el margen psicológico de los 800 pesos.

Con todo, es necesario no perder la perspectiva: la batalla por el programa está recién comenzando y será una de las claves del éxito o fracaso del próximo gobierno. Las disonancias entre objetivos políticos y responsabilidad financiera son una constante en el Estado moderno, pero en un horizonte como el que ha enfrentado el país en los últimos años esos contrastes están destinados a adquirir tonalidades aún más intensas. ¿Cuánto piso dará el futuro mandatario a las dolorosas pero inevitables negativas del jefe de las finanzas públicas frente a muchas demandas sociales? ¿Cuánto espacio tendrán los imperativos políticos para perforar el marco de la austeridad necesario para dar cuenta del compromiso con la responsabilidad fiscal? Son algunas de las interrogantes que Gabriel Boric estará obligado a responder a partir de marzo.

Intermediar entre fantasías y realidades, los sueños y lo posible, es parte de la fibra íntima de la política. Pero hacerlo cuando el exceso de liquidez va en retirada, cuando la Constitución vigente ha dejado de existir y la nueva aún no se redacta, cuando la violencia en el sur y la inmigración ilegal en el norte no se detienen, va a ser un desafío mayúsculo. En un país donde esa vocación por los diseños experimentales que nos ha acompañado desde los 60 se ha develado, una vez más, intacta.

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