La democracia liberal está obsoleta

"Nuestro contexto es aún más peliagudo pues estamos discutiendo nuestra Constitución, el instrumento fundamental para resguardarnos de los autoritarismos. En el fragor del día a día, pareciera que muchos no alcanzan a sopesar lo delicado del momento".



“La democracia liberal está obsoleta”, dijo tres años atrás Vladimir Putin.

Suena a provocación pero la aseveración del ruso tiene vetas de verdad. En el reciente libro The Age of the Strongman, Gideon Rachman caracteriza nuestra era en el ascenso de líderes autoritarios en la política global. La tesis es que fenómenos similares han cimentado su auge en capitales tan disimiles como Moscú, Beijing, Delhi, Brasilia, Budapest, Varsovia, Ankara, Riyadh, Manila, México e incluso Washington.

Para Rachman, los paralelos entre Putin, Xi Jinping, Modi, Bolsonaro, Orbán, Erdogan, Mohammed bin Salman, López Obrador y Trump marcan una era de líderes mesiánicos, nacionalistas y socialmente tradicionales. Su fórmula política ha sido su personalismo como una alternativa a la elite, dispuestos a hacer lo que sea necesario para “salvar al pueblo” de intereses políticos, empresariales o internacionales. Sus bases son sectores tradicionales, rurales y/o religiosos, aleonadas por el temor que los valores de su nación y sus formas de vida serán erosionados por la apertura del liberalismo/globalismo a minorías o inmigrantes. Parte de su fórmula incluye aplastar cualquier oposición y erosionar las bases democráticas al presentarlas como barreras para gobernar por y para el pueblo. “Aquellos problemas que se puede resolver democráticamente, se solucionan democráticamente. Aquellos que no, se resuelven de otras maneras”, habría dicho un ex asesor de Putin.

En China, Xi Jinping inscribió su filosofía en la constitución y dio termino al límite de dos periodos establecido por Deng Xiaoping. Su brutal control del internet es un ejemplo de la arremetida contra las libertades civiles conquistadas por la población desde los tiempos de Mao. Modi en India ha levantado una retórica hindú contraria a musulmanes, lo que 70 años atrás dividió India y Paquistán, cuyas heridas aun no sanan. Erdogan en Turquía ha revertido gran parte del secularismo del fundador Ataturk rememorando las glorias del Imperio Otomano, cuyo símbolo fue su transformación de la milenaria Iglesia Hagia Sofia en mezquita. En Brasil, Bolsonaro cimentó su apoyo en grupos evangélicos con retóricas exaltadas contra la homosexualidad, un fenómeno que cruza muchas fronteras. “No tengo problemas con los homosexuales”, dijo Putin, “pero hay cosas que nos parecen excesivas y no podemos permitir que opaquen la cultura, tradición y valores familiares de la gran mayoría de nosotros”.

Aquellos que ungen a estas figuras son generalmente poblaciones rurales, tradicionales y económicamente deprimidas. La reciente elección francesa borró el espectro de izquierdas y derechas -cuyos partidos tradicionales consiguieron menos del 7%- y dejó ver la polarización geográfica de los votos de Macron y Le Pen. En Estados Unidos, el progresismo de las costas contrasta con el incólume apoyo a Trump en el interior. En Inglaterra, el Brexit ganó a pesar de el alto rechazo en Londres.

El ícono de la saga es Vladimir Putin. Más de 20 años en el poder manipulando la constitución rusa, ha consolidado su poder recordando un pasado glorioso –”el colapso de la URSS fue un verdadero desastre”- y defendiendo valores tradicionales y religiosos rusos - apoyo de la invasión de Ucrania del Patriarca Kirill líder del cristianismo ortodoxo de por medio. Su retórica violenta, prevalente en la mayoría de los Strongman, decantó en el mayor riesgo de este fenómeno: la guerra.

Tras el auge de la democracia liberal durante los 90, cuando decenas de naciones -Chile incluido- recuperaron la democracia y la libertad, el mundo ha derivado en un periodo de autoritarismos. La victoria de Trump fue un punto de quiebre al emular la receta de los Strongman no solo en retóricas violentas sino también deslegitimando las instituciones en base a fakenews y, en su punto culminante, juzgando su fracaso electoral como corrupto, provocando el infame ataque al Capitolio. Freedom House ha documentado una continua y consistente caída en derechos políticos y libertades civiles en la gran parte del mundo.

La democracia liberal es frágil. Los 60 y 70 categorizaron en Sudamérica un periodo de juntas militares y autoritarismos, sin ser Chile la excepción a pesar de haber sido una de las democracias más antiguas y estables de la región. Si bien las tiranías del siglo XXI son distintas, el autoritarismo está de vuelta, testeando la fortaleza de las democracias liberales bajo el alero de presiones económicas y la pérdida de legitimidad de las elites.

Nuestro contexto es aún más peliagudo pues estamos discutiendo nuestra Constitución, el instrumento fundamental para resguardarnos de los autoritarismos. En el fragor del día a día, pareciera que muchos no alcanzan a sopesar lo delicado del momento, ni como sus actos y decisiones están jugando con lo más preciado que tenemos, nuestra libertad, la cual solo se valora realmente cuando se pierde.

** El autor es Ingeniero Civil UC y MBA/MPA de la Universidad de Harvard

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