La derecha y la cultura

IsabelAllendeWEB



La ignorancia de las élites chilenas, sean del color político que sean, es un asunto que hoy en día denuncian pensadores más cercanos a la derecha que a la izquierda. El progresismo parece sentirse bastante seguro de su posición dominante en el campo de la cultura, por lo que tampoco le conviene andar rasgando vestiduras. Sin embargo, la incomodidad de los dos gobiernos de Sebastián Piñera con el mundo de la cultura ha sido tan notoria, tan catastrófica durante la última semana, que resulta inevitable preguntarse por qué el estrato cupular de la derecha chilena siente el desdén que siente por todo lo que huela a cultura. La capa de Vargas Llosa -ya es hora de decirlo- está un tanto raída y apolillada como para continuar cobijándose bajo ella.

Las respuestas a lo anterior podrían ir desde lo atávico (Sebastián Piñera y Andrés Chadwick asistieron a un colegio en el que sus pares consideraban que leer era un pasatiempo de perdedores) hasta lo científico (el desprecio del neoliberalismo por algunas manifestaciones espirituales incuantificables no es novedad para nadie). Pero, aún así, el desdén permanece inexplicado. Recordemos que, en su primer gobierno, Piñera recurrió a dos medidas desesperadas para intentar cubrir sus propias vergüenzas en el vestidor de la cultura. La primera fue fichar a un par de conversos del mundo de las letras, Jorge Edwards y Roberto Ampuero, y la segunda fue otorgarle el Premio Nacional de Literatura a Isabel Allende el año 2010.

Entre ambas, me interesa más la segunda, puesto que fue una operación calculada, un tanto burda y fallida por donde se le mire. Algo raro ocurría ya al momento en que varios baluartes de la UDI se declararon grandes admiradores de la obra de Isabel Allende. ¿Desde cuándo que los tecnócratas manifestaban públicamente opiniones literarias sin sentir vergüenza o derechamente asco? El asunto, sin embargo, guardaba más relación con una vocación populista y utilitaria (la derecha recién llegada al poder después de décadas en el limbo), que con visos de dudoso esteticismo.

La verdadera intención de la movida fue, por lo tanto, ejercer algún grado de coerción sobre Isabel Allende: si se esforzaba un poco, ella, una mujer de voz universal, podía hablar dulcemente de esta nueva derecha chilena. No contó Lavín, el ministro que entregó el galardón, con que Isabel Allende, además de inteligente, es una señora muy pragmática: recibió el premio, agradeció el honor con elegancia, y al poco tiempo despotricaba de lo lindo contra el gobierno de Piñera en los más selectos foros internacionales.

He tratado a funcionarios de gobierno que encarnan ese arraigado desdén que despierta la cultura en ciertos estratos de la derecha: embajadores que se vanagloriaban de jamás haber leído un libro, agregados culturales que sólo entendían de números, encargados de museos que no sabían quién fue José Miguel Carrera. Hoy por hoy, no me consta si algún miembro del actual gobierno leyó el ensayo titulado Cultura, de Terry Eagleton (muy recomendable para días como los que corren). Pero me temo que nadie leyó la provocadora divagación del historiador David Rieff, Elogio del olvido. Rieff, un liberal de izquierda, que además es el hijo de Susan Sontag, articula un interesante ataque a los museos de la memoria y aborda el caso chileno. Tal vez a más de alguien le hubiese resultado útil su lectura.

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