La desigualdad ausente de los debates



Por Vicente Gerlach, director ejecutivo de Fundación Trascender; director de Red de Voluntarios de Chile RM

Los debates por la carrera presidencial han estado al rojo vivo, con réplicas y acusaciones de lado y lado. Pero, entre tanta pelea, se ha escuchado poco el debate sobre cómo Chile puede avanzar en materia de desigualdad y pobreza. ¿Cómo construimos un país más equitativo y justo en acceso a oportunidades y condiciones dignas de vida en educación, salud y vivienda, entre los aspectos mínimos? Solo silencio o murmullos se han escuchado hasta ahora.

Si los resultados de la última Casen fueron un balde de agua fría, la última Encuesta Suplementaria de Ingresos 2020 del INE vinieron a magullar nuevamente las heridas que está dejando la pandemia y a profundizar las brechas que la crisis social ya nos había mostrado sin piedad.

La constatación de que retrocedimos años de un paraguazo en materia de pobreza por ingresos fue una bofetada que terminó por aclarar, sin lugar a dudas, el efecto de las crisis sobre la gran mayoría de las familias chilenas. Incluso para quienes se sienten orgullosos del “Chile moderno, oasis en medio del desierto de desigualdad de la vecindad”.

Hoy, con esos datos frente a nuestros ojos, no podemos quedar indiferentes para enfrentar de una vez por todas la desigualdad desde sus raíces, especialmente en un contexto donde estamos discutiendo, por un lado, cuáles serán los cimientos constituyentes para el próximo, al menos, medio siglo, y paralelamente escuchando las “ofertas” de los presidenciables.

La Encuesta Casen, en su edición pandémica del 2020, determinó que la pobreza creció a un 10,8%, equivalente a más de 2,1 millones de personas. Mientras que la pobreza extrema prácticamente se duplicó a un 4,3%, es decir, más de 800 mil personas. La encuesta del INE, en tanto, deja al descubierto la brecha, tanto a nivel general (el 69,4% del total de las personas ocupadas percibió ingresos iguales o menores al ingreso medio nacional), como en términos de género (en promedio, las mujeres ganan un 20,4% menos que el ingreso medio nacional).

Desde el 2006, cuando la pobreza bordeaba el 30%, dicho índice venía decreciendo a un ritmo acelerado, hasta llegar a un 8,6% en el 2017. Pero la pandemia hizo caer el PIB un 5,8% el año pasado y alcanzamos un techo en la tasa de desempleo del 13,1%, cifras que no veíamos desde la crisis económica de la década del 80. Los índices económicos se desploman, la pobreza crece por primera vez en quince años y sufren los mismos de siempre.

Esos buenos números macroeconómicos que veníamos mostrando y que nos destacaban en el vecindario -incluso en el actual contexto- quedan cortos cuando un factor externo como la pandemia desenmascara la desigualdad oculta que sostenía ese progreso que lucíamos con tanto orgullo.

El mismo informe de la Casen 2020 indica también que el 10% de las personas más acomodadas recibió ingresos 416 veces mayores a los que obtuvieron los hogares del 10% más pobres.

Desde el estallido social en 2019 quedó en evidencia que la desigualdad es el mayor problema que tiene Chile. Porque los que están en la parte de abajo de la balanza no solo no han podido aprovechar las ganancias de este país pujante, sino que, peor aún, la han visto pasar frente a sus ojos sin poder siquiera disfrutar un pedacito de ella.

Es esa desigualdad propia de los países que progresan económicamente sin políticas públicas fuertes y decididas para nivelar el acceso a las oportunidades y reducir las brechas, dejando atrás a gran parte de su población.

Al cumplirse dos años desde el estallido, hemos abierto una puerta que nos permite ver nuestra sociedad con otros ojos y poner los temas de verdad sobre la mesa. Lo que para algunos era invisible, ya no lo es. Por lo mismo, ahora más que nunca tenemos la obligación moral de hacernos cargo de la desigualdad acumulada por tantos años en nuestro país.

Hoy, con un proceso constituyente ya iniciado y con una carrera presidencial entrando en sus últimos 100 metros, estamos en un momento clave para determinar el tipo de sociedad que queremos construir. Es un camino que permitirá instalar los cimientos para avanzar con menos ripio en la eliminación de las desigualdades que tanto molestan y nos impiden avanzar.

Tenemos la oportunidad de trabajar para una Constitución que garantice el acceso universal a derechos sociales, económicos y culturales, en la cual se priorice una mirada de desarrollo humano, medioambiental y bien común por sobre una visión individualista de progreso que sólo se base en el crecimiento económico. Y, por lo mismo, esperamos que los candidatos a la Presidencia estén a la altura y comiencen a conversar sobre los verdaderos problemas de Chile.

Es de esperar que el diálogo, los consensos y la solidaridad intergeneracional primen en el debate constitucional y presidencial, por sobre la discusión de trincheras a la que nos tiene acostumbrados la política chilena.

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