Matías Reeves

Matías Reeves

Presidente del Directorio de Educación 2020

Opinión

La gravedad de entender el mérito como justicia


El proyecto “Admisión Justa” ha vuelto a abrir el debate en torno al proceso de admisión escolar que establece la Ley de Inclusión. En esto, más que analizar aspectos específicos, creemos que es esencial concentrarse en la concepción de justicia que se está utilizando. Se ha declarado que es necesario hacer el sistema más justo, ya que no consideraría el mérito ni el esfuerzo. El supuesto tras ello no es simple ni trivial y marca profundamente el entendimiento de justicia en nuestra sociedad. Desde mi visión, la justicia es lo contrario.

Sabemos que nadie elige nacer y menos dónde o con quién. Ese primer hecho del azar nos marca por vida, principalmente en lo emocional, pero también en los caminos que tomaremos. Las desigualdades de cuna son las que las políticas públicas deben contrarrestar, de manera de ofrecer alternativas que favorezcan el florecimiento de las personas sin limitación alguna.

Entender el mérito como justicia en la admisión escolar significa que quienes se esfuerzan merecen una prioridad por sobre sus compañeros. Esta idea, de ser cierta, da pie para imaginar dos situaciones: que es posible medir este esfuerzo y que quienes no consiguen los resultados deseados de dicha medición es porque no se esfuerzan. Si bien los detractores podrían incluso acordar que las notas son una medición posible, es igual de cierto que ellas reflejan variables externas como el acompañamiento familiar, el nivel socioeconómico y tantas otras ya comprobadas en la literatura.

Ahora bien, la gravedad de afirmar que el mérito es justicia recae en que se persigue premiar a quienes, por una u otra razón, lograron alcanzar los resultados esperados, dejando rezagados —aún más— a quienes no lo logran. Escudarse en la consigna del esfuerzo como asignación de justicia profundiza la aleatoriedad natural de la génesis. Con todo, es cierto y primordial reforzar e incentivar el esfuerzo de estudiantes por perseguir el mejor aprendizaje posible, pero no en una lógica de competencia para conseguir privilegios, sino por la búsqueda aristotélica de la virtud y sabiduría; por ese despertar del pensamiento que nos hace especiales como especie y que dignifica el desarrollo. Ese es el principal reto y propósito de las escuelas, entendidas como centros de formación humana. En ningún caso es dividir a los estudiantes entre ganadores y perdedores.

Si bien una ley es siempre merecedora de ser revisada y mejorada, al menos es necesario ser rigurosos en su evaluación, en especial cuando más del 80% de las familias quedó en alguna de sus preferencias. Además, de los niños y niñas con mejor rendimiento académico, el 85,1% quedó dentro de sus tres primeras preferencias. Pero más que esto, es primordial ser serios en las argumentaciones tras cualquier cambio. Finalmente, la educación no es un premio, es un deber moral.

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