La indiferencia del aborto

Aborto




Por Rosario Vidal. Cofundadora Movimiento de Mujeres Reivindica

Una mujer desde el extranjero nos escribe un mensaje con ideación suicida luego de haberse realizado hace meses un aborto. El caso es complejo, nos cuenta que ya tuvo un intento. No es aislado. Para quienes trabajamos con mujeres y embarazo vulnerable, es una de las situaciones recurrentes en que debemos estar atentas para activar redes de apoyo, poder contenerla y evitar que se haga daño. Frente a esta realidad, organizaciones que trabajan en acompañamiento de mujeres en riesgo de aborto también se han debido especializar en el acompañamiento a las mujeres que abortaron.

“Me dijeron que era solo sangre”, “me siento tan mal que quiero morirme” dice desde un lugar remoto. La falta de reconocimiento del dolor de un aborto “voluntario” significa muchas veces que no se pueda procesar un hecho traumático y vivir un duelo necesario. Desgarra saber que muchas mujeres, sin importar creencias y la convicción con la que se tomó la “decisión”, se encuentran silenciadas por la idea de que es su derecho. Hemos visto cómo la mujer más comprometida con su militancia a favor del aborto en algún minuto de su vida es capaz de interpelarnos buscando una respuesta a qué pasó con el hijo que no está: “¿Crees que me perdonará?”.

Cuando se impulsa un proyecto favorable a la práctica del aborto, sería esperable tener un diagnóstico previo y certero sobre la realidad a combatir. Pero eso está siempre lejos de ocurrir. Si así fuera, la primera propuesta de ley en la que todos debiéramos estar de acuerdo es una donde sea imperativo pensar en qué origina los abortos, cómo se previenen, y dónde estamos fallando.

Pensar, por ejemplo, en los estigmas asociados a la maternidad, que van desde las históricas sanciones sociales para evitar la supuesta deshonra por haber consentido relaciones sexuales fuera del matrimonio, en los relatos de jóvenes embarazadas que son echadas de su casa, las mujeres que sus parejas rechazan, los padres que obligan a abortar a sus hijas porque les significa “una vergüenza”, o en la naturalidad con que se asume que una mujer en edad fértil o embarazada puede ser un problema para su empleador, y en cómo las madres estudiantes pueden verse limitadas en sus estudios por la falta de apoyo social y familiar, entre otras situaciones. Historias que son por muchos conocidas, pero nunca tan abordadas, ni menos con tantos recursos propagandísticos y urgencias como lo son los proyectos de aborto.

Duele que estás situaciones -y por lo cual empatizamos con las mujeres en riesgo de aborto- no movilicen a terminar con estas formas de violencia, sino por el contrario se nos ofrezca legitimar el abortar y aún así soportar estas sanciones.

El proyecto que hoy se vota en sala, luego de ser rechazado en Comisión de Mujeres y Equidad de Género, dicen -sus defensores- que tan solo pretende no criminalizar a las mujeres que abortan, pero en la propia sesión donde se analiza el informe de Gendarmería, se pasa por alto que quienes se encuentran privados de libertad por este delito no son mujeres que abortaron, sino personas que expusieron a mujeres realizando abortos clandestinos a cambio de dinero, u hombres que cometieron femicidios contra sus parejas embarazadas. Casos que recuerdan a lo ocurrido en Argentina en 2015, con Chiara Páez de solo 14 años, quien fue forzada a abortar y asesinada por su novio, dando origen al Movimiento Ni Una Menos contra la violencia machista. Incomprensiblemente, en vez de ver la violencia machista asociada al aborto, se opta por esconderla bajo la alfombra.

Despenalizar es terminar con la protección al derecho a la vida, y eso tiene implicancias que debemos reconocer, ya que legislando a ciegas solo profundizaremos los problemas asociados al aborto clandestino.

No podemos seguir hablando del aborto, sin querer ver la dolorosa realidad que devela y sus consecuencias en salud tanto para mujeres y niños, sociales y humanas. Causa frustración ver cómo tienen más poder en la configuración de este debate las apariencias, lo que dicten los grupos de interés -que reducen toda una problemática compleja a una mera decisión- o cómo, quienes supuestamente estando comprometidos con el derecho a la vida de niños por nacer, no han sido capaces de levantar y defender una política pública que vaya a las causas que originan los abortos, causas que con un amplio consenso todos debiéramos estar dispuestos a combatir.

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