La ira de Dios



El cambio de agenda vivido en Chile esta semana ha sido brutal. El estallido de octubre y sus expresiones simplemente se evaporaron. Desapareció la “primera línea”, se acabaron las protestas y las interrupciones en el Metro; se acallaron las voces que buscaban la inhabilidad del Presidente o que soñaban con adelantar las elecciones; a su vez, el manejo de la emergencia permitió al gobierno retomar la iniciativa y la oposición tiene ahora escaso margen para seguir apostando a la polarización. Y por si todo eso fuera poco, el plebiscito de entrada al proceso constituyente debió aplazarse casi seis meses, sumando nuevas incertidumbres sobre sus plazos y resultados.

Hoy las prioridades son otras: en lo inmediato, aplanar la curva de contagios, sanar a los enfermos, evitar desenlaces fatales. Para ello se decretó un nuevo estado de excepción y, esta vez, no hubo quejas de nadie. La vida cotidiana de la población se ha visto completamente alterada, no hay cines, ni cafés, ni restaurantes, ni actividades culturales y deportivas. Las clases en escuelas y universidades están suspendidas; la gente ha sido conminada a permanecer en casa, a dejar sus estudios y trabajos; se analizan cuarentenas y no se descartan los toques de queda. Todo, sin saber si la emergencia y la anormalidad durarán semanas o meses.

Junto a la crisis sanitaria y sus trastornos, ya asoma también la otra debacle que vendrá a acompañarla: la economía mundial está en coma, las bolsas se desploman, la riqueza se destruye, las empresas y los empleos caminan hacia el precipicio. La recesión que se avecina será devastadora y, según las proyecciones del Banco Mundial, de prolongarse la crisis sanitaria durante más de un semestre el escenario será apocalíptico. En síntesis, el planeta saldrá muy dañado de esta coyuntura, en todas las latitudes la gente se enfrentará a mayores niveles de inseguridad y pobreza, se va a requerir un esfuerzo colosal para recuperar lo perdido, salvo las vidas humanas, que por definición son irrecuperables.

En fin, hay tiempos que son como “el odio de Dios” del que hablaba el poeta César Vallejo; tiempos que obligan a poner en perspectiva lo realizado y que inevitablemente suponen aprendizajes para el futuro. Ahora, con el fantasma del miedo y la vulnerabilidad sobre la mesa, seguramente miraremos con otros ojos la destrucción vivida en Chile durante los últimos meses, a la gente que se quedó sin estaciones de Metro y sin supermercado, a las pymes vandalizadas, a los más de 300 mil empleos perdidos. Revaluaremos, sin duda, el respaldo que un sector importante de la sociedad dio a la violencia, y a aquellos que se sintieron con el derecho a exigir y protestar de cualquier forma, sin importarles el daño que causaban a los demás. Y quizá tengamos, incluso, la capacidad de preguntarnos cómo una sociedad pudo ser convencida de que todos sus avances y logros de los últimos 30 años no existían, que no había nada que cuidar y que, por tanto, salía gratis destruir.

Sin duda, las lecciones que nos dejará este tiempo serán tremendas.

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