La ley del Embudo

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El viernes 13 de diciembre, con la presentación de Los Bunkers, ha sido el de mayor concurrencia del mes en Plaza Italia. Foto: Agenciauno


Si algo se ha venido manifestado muy intensamente en Chile, en especial en el último lustro, ha sido esta suerte de dicotomía entre derechos y deberes, un espacio donde la inmensa mayoría quiere obtener todo pero con el mínimo costo en materia de responsabilidad y compromiso colectivo como sociedad civil.

Precisamente, y desde el estallido del pasado 18 de octubre de 2019, la calle se ha convertido en un campo de batalla donde, a la postre, la fuerza se termina imponiendo a la razón, al diálogo, a los consensos. Lamentablemente pareciera que la violencia se ha transformado en un instrumento legítimo de acción, o una moneda de cambio, cada vez que el poder político no agacha la cabeza y cede a lo que la ciudadanía demanda. Es casi una lógica del tipo lejano oeste: o lo hacen por las buenas, o lo hacen por las malas. Un ejemplo claro de lo que planteo es el plebiscito de entrada, del próximo 26 de abril, para una nueva constitución. El tema nunca fue prioridad parte de las prioridades ciudadanas pero la presión de la calle, esa efervescencia guiada por la emocionalidad propia del demandante, terminó por doblegar al Ejecutivo, y a toda la clase política, para instalarse como el gran tema por sobre mejores pensiones, mejor educación, mejor salud, mayor seguridad y aumento del empleo, entre otros. La bandera de nueva constitución, levantada por la izquierda, fue la demostración máxima de poder en un gallito que está lejos de terminar y donde este sector político pareciera levantarse desde el negacionismo obstruccionista ya que ante cualquier iniciativa política, impulsada desde el oficialismo, éste recibe un rotundo no como respuesta, a saber: no a la sala cuna universal, no a las mejoras del CAE, no a la reforma de Fonasa, entre otros. Éstos son solo algunos de los ejemplos en los cuales la negación sistemática de la izquierda se expresa sin siquiera haberse sentado a conversar y generar acuerdos que vayan en directo beneficio de las personas. Otro ejemplo concreto, y reciente, fueron las acciones contra la Prueba de Selección Universitaria. Cierto, podríamos cuestionar la eficiencia y justicia del instrumento, pero culpar a la PSU de las desigualdades, y de paso de todos los males, es solo quedarse en la forma, más no hacerse cargo del fondo del problema en sí mismo.

En este contexto podríamos decir que todo este malestar obedece, como bien lo planteó el Rector de la UDP, Carlos Peña, a una tensión de la modernización capitalista del país que detrás de máquinas, consumo y bienestar arrastra una extrema racionalización de la vida, pero además un fuerte impulso cultural que lleva a que las personas elijan cómo quieren vivir y quiénes quieren ser. En la práctica, que las personas tengan la libertad de elegir y ser quienes quieran ser, inherente a su origen social, el colegio donde cursaron sus estudios, sus orígenes familiares y tantos otros elementos forman parte de la inequidad latente en Chile desde hace años y que actúa como una especie de determinismo social.

En este espacio son los jóvenes, permanente motor de cambio social, quienes han copado la agenda informativa con sus acciones. Pero quizás lo que más ha llamado la atención es el tono de sus declaraciones marcadas por ese fundamentalismo propio de los extremos, uno donde pareciera que la lógica es "o están con nosotros o son nuestros enemigos". Todo es exigencias, todo es "queremos", "demandamos" pero poco o nada hay de "estas son nuestras propuestas de solución" o "estamos dispuestos a flexibilizar nuestra posición buscando el bien común en beneficio de las personas". Peor aún, pareciera que nuestra querida y alicaída juventud cayó en la trampa facilista de la retórica asistencialista - populista referente a "una nueva constitución": ¿Desde cuándo la constitución se usa para mejorar las pensiones? ¿En qué momento nuestra carta fundamental determina nuestra posición social? ¿En qué artículo se establece que la constitución garantiza, por ejemplo, la gratuidad en educación o salud? ¿Desde cuándo que la Constitución genera empleos y establece el sueldo mínimo?

Peor aún. Desde la izquierda se ha instalado que la idea de una "hoja en blanco" apunta a terminar con la "Constitución de Pinochet". Como la memoria es frágil aclaremos dos cosas: ¿De verdad usted quiere una "hoja en blanco" donde, por ejemplo, se elimine el artículo 4° que establece que "Chile es una república democrática"? Si su respuesta es no (o quizás sí prefiera, por ejemplo, un "Imperio Galáctico") entonces es probable que este artículo siga siendo parte de nuestra Constitución desechando, de paso, la falacia de la "hoja en blanco". Por otro lado, el año 2005, el ex presidente Ricardo Lagos Escobar realizó ajustes y reformas a la Constitución de 1980, por lo tanto, lo que nos rige es la Constitución de 2005 firmada por varios personeros del entonces gobierno concertacionista y que hoy se suben al carro populista del todo o nada porque, a falta de ideas y proyecto país, lo más práctico es sumarse a las demandas viscerales del vulgo intentando buscar migajas de adhesión que les permitan recuperar el poder en las próximas elecciones.

Con todo, pareciera que estamos viviendo en una sociedad donde lo que se busca es el amplio beneficio para algunos en desmedro de otros. Donde solo existen deberes y no responsabilidades. Donde pareciera que mientras una parte de "Chile Despertó" hubo otra que se durmió. Pareciera que estamos viviendo en una sociedad donde no solo la dignidad dejó de ser costumbre sino también la empatía, ese concepto tanto noble como necesario que se sintetiza en la siguiente frase: "no le hagas a otros, lo que no te gustaría que te hicieran a ti". En México tienen una frase que es "la Ley de Herodes: o te chingas, o te jodes". Ojalá, por el bien de nuestro país, que no sea lo uno o lo otro sino que volvamos a recuperar esa nación próspera y hermosa, repleta de matices y donde la riqueza de su diversidad destaca como ejemplo a nivel global. No sigamos farreándonos lo que tantos años le costó a nuestros padres y madres, a nuestras familias, como es el respeto y la protección de nuestra democracia. Queramos a Chile, cuidemos nuestra patria.

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