Jorge Gómez

Jorge Gómez

Director de Contenidos de la Fundación para el Progreso

Opinión

La miseria de la Teletón

Los animadores de TV que estuvieron en las 27 horas de amor aparecieron en los minutos finales de la emisión en el Estadio Nacional.

Como todos los años, en torno a la Teletón se produce una pugna entre los que podemos denominar como anti teletoneros y filo teletoneros. La conformación de esta especie de bandos no es homogénea sino más bien variada. Por el lado anti, que es el grupo que me interesa criticar, hay desde tipos que simplemente responden a los cinco minutos de odio del momento, hasta personas que intentan sofisticadas explicaciones para justificar su rechazo a la iniciativa.
Partamos diciendo que donar es un acto libre, por tanto, la crítica al anti-Teletón no se relaciona con la decisión de quienes no quieren donar, sino con aquellos que dedican a recriminar a quienes deciden organizar, participar o apoyar la campaña. En términos generales, para el anti, la Teletón sería un burdo show destinado a limpiar la imagen de todos aquellos que, ensalzando la caridad y haciendo usufructo de la desgracia ajena, aprovechan de mostrarse solidarios durante 27 horas, sin interrupción. Por tanto, no habría real solidaridad, sino una grosera limosna colectivizada que permite a unos ganar minutos en pantalla o rebajar impuestos, a costa de convertir a otros en objetos de la caridad televisada que, como un lavado de cerebros sistemático, estaría eximiendo al Estado de su deber “solidario” con la rehabilitación.
Bajo esta perspectiva, lo solidario sería pagar impuestos, no donar voluntariamente. Resulta interesante ver que esta visión responde a una idea promovida sistemáticamente como panacea, la del impuesto como algo solidario. ¡Eso sí que es lavado de cerebro! Es desde este supuesto que el anti-Teletón no concibe la donación voluntaria sin letra chica. ¡Algo debe haber detrás!
Por eso, ante la gran cantidad de gente que dona cada año para cada Teletón, la única explicación que enarbolan los críticos es que las personas lo harían por el simple efecto de la publicidad. No habría en ellos empatía ni solidaridad alguna frente a la dificultad de otro, sino que estarían simplemente manipulados emocionalmente por las historias. Esta perspectiva denota un problema mayor de la postura anti Teletón, que es el menosprecio hacia las personas en tanto sujetos morales capaces de actuar autónomamente en favor de otros.
En ese sentido, la mayoría de los anti Teletón parten de una concepción negativa del ser humano. Lo raro es que muchos, al mismo tiempo, plantean que la única forma de generar mayor solidaridad, empatía e inclusión sería mediante la coerción, permitiendo que unos obliguen a otros, vía impuestos, a ser más solidarios.
Pero ¿qué es más solidario? ¿Donar voluntariamente para apoyar a una institución específica de la sociedad civil o pagarle al Servicio de Impuestos internos bajo amenaza de embargo o cárcel para financiar quien sabe qué programa social a cargo de un grupo de burócratas?
La pregunta puede sonar retórica pero no lo es. La Teletón probablemente utiliza recursos, para dar rehabilitación, de forma más eficiente, proba y transparente que varios cuerpos burocráticos estatales —con o sin uniforme— destinados a prestar servicios o seguridad, que cuentan con recursos garantizados vía impuestos, pero que están capturados por intereses políticos, gremiales, corporativos o sindicales, y cuyos servicios no son óptimos.
Quizás en eso está el problema para muchos anti-Teletón, pues en el fondo parece molestarles el hecho que las personas, donantes y beneficiarios, se coordinen sin depender del Estado. Porque las personas que donan a la Teletón eligen libremente aportar su dinero, de forma directa, a una organización de la sociedad civil que responde a una necesidad de forma más eficiente a como probablemente lo haría una agencia estatal.
Y lo hacen porque lo consideran valioso, pero además porque ven resultados. En ese sentido, hacen un juicio moral pero también uno de eficiencia. Ese juicio doble responde al interés propio de cada persona, pues aportan porque empatizan con la desgracia ajena, pero además porque comprenden que ellos, ante una situación similar preferirían ser atendidos por la Teletón, sin duda.

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