La orfandad

La diputada del PH figura como el personaje político mejor evaluado según la encuesta CEP.




Por Josefina Araos, investigadora del Instituto de Estudios de la Sociedad

La última encuesta CEP revela que, salvo Pamela Jiles, ningún miembro de la clase política ha sacado réditos de la agenda del retiro de los fondos de pensiones. En la disputa con el Ejecutivo, oficialismo y oposición se han desgastado en sentidas apelaciones a las necesidades ciudadanas para justificar el apoyo a una política que reconocen como mala, pero para la cual, al parecer, no hay alternativa. A diferencia del gobierno, ellos sí escucharían al pueblo, aunque curiosamente su conexión ha sido a costa de los ahorros de los más vulnerables.

Una lectura benevolente podría ver en el apoyo transversal a esta agenda un esfuerzo desesperado por salvar la fractura abierta entre política y sociedad en octubre de 2019. Una mirada más escéptica, en cambio, advierte una posición meramente instrumental frente a un abultado calendario electoral. Cada uno quiere salvar su espacio y a los suyos, aunque sea comprando votos con fondos de los mismos electores. Como sea, la estrategia no rindió frutos y el pueblo al que apelaron sigue sin sentirse escuchado.

La paradoja es que las bajísimas cifras de valoración del Congreso, del Presidente y de los partidos no se han traducido -por ahora- en una radicalización de las posiciones políticas. Gran parte de los encuestados se posiciona en el centro, lo que a primera vista no calza ni con el desprecio por las instancias representativas, ni con el otro dato relevante de la encuesta: la instalación de Pamela Jiles como la figura política mejor evaluada.

¿Qué puede explicar esta aparente contradicción? Quizás, Jiles es la única figura fortalecida porque logró, a un tiempo, una performance sincera en la sucesión de retiros previsionales y reunir a la polarizada clase política en una agenda común. Mientras la mayoría de los que aprobaron la medida dicen haberlo hecho a su pesar, Jiles se identifica sin reparos con una iniciativa, a su juicio, de toda justicia. No apela ni a una pedagogía lenta ni al reemplazo del sistema de AFP por un modelo solidario. Solo recuerda el origen individual de los fondos de pensiones y lo reivindica para proteger con ello a sus abandonados seguidores. A su vez, insultando a diestra y siniestra, y sin proponer proyecto alternativo, convocó a la mayoría de los parlamentarios en torno suyo. El acuerdo político que ha sido imposible en cualquier otro ámbito -aunque el diálogo de Provoste con el Presidente es una señal de esperanza- lo articuló Jiles en función de una política que todos sabían mala, pero a la que por desesperación o pragmatismo nadie supo resistirse.

La tragedia es evidente. La orfandad de la ciudadanía es tal que se vuelca a la única figura que parece desplegar una acción política coherente. No hay alternativas para un centro político que no confía en los canales representativos disponibles, sean de izquierda o de derecha, y que carece de instituciones que den gobernabilidad y respondan a las demandas urgentes dejadas por el estallido y la pandemia. Sin verdadera escucha ni interpretación, la fractura entre política y sociedad sigue tan abierta como al comienzo de esta crisis. Pero sí hay una lección que la clase política puede sacar: la ciudadanía valora la consistencia y los discursos genuinos, aun cuando sean enarbolados por figuras problemáticas. El desafío es volver a vincular esa coherencia con una acción interesada en rehabilitar la política y fortalecer la institucionalidad. Ahí, y no en la imitación, reside el camino para disputarle el espacio a la demagogia.

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