La tentación del vacío

Presidente-Piñera


Es cierto que ningún gobierno habría estado preparado para una crisis de esta envergadura, pero eso no exculpa a la actual administración de sus desaciertos. Partiendo por el principal: su dificultad para generar un diagnóstico adecuado y para diseñar una hoja de ruta consistente con él. Hasta ahora, el Ejecutivo se mueve entre intuiciones (alienígenas, intervención extranjera, complot interno, malestares legítimos sin conducción) y sus señales, por tanto, no han tenido otra posibilidad que ser erráticas. Desde el optimismo poco convincente en las opciones de mejora que esta crisis representaría, hasta las advertencias sobre el riesgo real de una desestabilización sistémica.

Las últimas semanas han sido muy elocuentes al respecto: "Tengo la convicción de que lo peor de la crisis quedó atrás" dijo Sebastián Piñera hace unos días, precisamente cuando se reiniciaban los incendios en el Cine Arte Alameda, la Universidad San Sebastián, la iglesia de Carabineros, entre muchos otros hechos de extrema gravedad. ¿Con qué evidencia contó el Presidente para hacer una afirmación semejante? ¿Qué ocurrirá si a partir de marzo la violencia y el deterioro del orden público no van en el sentido de la apuesta gubernamental?

Entre otras cosas, nuevamente no tendremos un gobierno en condiciones de asumir dicha contingencia. En rigor, nada permite hoy asegurar que "lo peor de la crisis quedó atrás" y por tanto lo único que cabría esperar de un gobierno responsable es que esté preparado exactamente para lo opuesto. Si eso no ha ocurrido es porque la autoridad carece de un diagnóstico mínimo sobre las causas de esta crisis, y sobre los reales objetivos que los distintos actores políticos han depositado en ella. Debido a las graves violaciones a los derechos humanos, el gobierno se resignó a no tener una estrategia efectiva para el control del orden público, apostó a un improbable "desgaste natural" de la violencia; en paralelo, abrió las puertas a un proceso constituyente en el cual no cree, y ha buscado acuerdos con una oposición que, en la intimidad, no quiere acuerdos sino su rendición incondicional. Por último, La Moneda cree que al congraciarse con las opiniones que las encuestas muestran como mayoritarias va a poder mejorar su aprobación, cosa que no ha ocurrido ni ocurrirá.

En la historia, hay momentos que no hacen posible salir airosos, circunstancias en que es mejor aferrarse a las convicciones aunque sean circunstancialmente impopulares. Donde es mejor apostar a decir las cosas por su nombre y no estar siempre disponible a poner la otra mejilla. Hasta ahora, la pregunta clave que el gobierno no ha sido capaz de responder no es qué hacer para que la oposición colabore con él, sino por qué sus partidarios dejaron de serlo. Difícilmente el gobierno va a poder generar las condiciones para restablecer el orden público cuando ni siquiera ha sido capaz de conseguir que la población perciba los efectos económicos de esta crisis. Seguir apostando a que "lo peor ya pasó" o a que este año será mejor que el anterior es, a estas alturas, hacerse trampa en el solitario.

Sin duda que el país tenía un dilema constitucional y lo tiene desde mucho antes de esta crisis. Pero la misma ingenuidad con que la derecha no quiso reconocer ese dilema ahora llevó a este gobierno a abrir un proceso constituyente de la manera en que lo hizo. Asume un escenario pero no logra aquilatar sus causas. Por eso no logra tampoco entender que existen sectores de oposición para los cuales la ingobernabilidad, el colapso institucional y la eventual caída del gobierno, son más importantes incluso que una nueva Constitución.

Si algo logramos aprender de medicina con el doctor House es que, al final del día, la clave está en el diagnóstico. Ahí han radicado buena parte de los problemas del gobierno. Entre negaciones, ingenuidades y buenos deseos, se ha terminado por normalizar un nivel de violencia y de destrucción inéditos en nuestra historia. Quemar iglesias y recintos religiosos es considerado un crimen de la máxima gravedad en cualquier país civilizado. En Chile, se ha vuelto parte de nuestra cotidianeidad y ello es un buen ejemplo de la magnitud de lo que estamos viviendo.

Lo primero que el gobierno requiere en esta hora crítica es no seguir vendiendo y comprando ilusiones.

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