Anna Hanke

Anna Hanke

Directora de Formación IdeaPaís

Opinión

La vejez: carga social


Hace algunas semanas en una conversación familiar sobre el futuro de mis padres, mi madre afirmó muy convencida que “al final, igual se iba a quedar solos”, refiriéndose a ella y a mi padre, asumiendo ese sentimiento de soledad que ya parece ser algo propio de la vida de los adultos mayores.

Un sentimiento similar fue el que motivó el fallecimiento de la pareja de adultos mayores ocurrido a principios de este mes, y que nos recuerda la situación en la que se vive la vejez en nuestro país. Tal como el caso de Jorge y Elsa de julio del año pasado, hace algunos días una pareja de 94 y 86 años, decidió quitarse la vida dejando una carta donde explicaban que ya no querían ser una carga para su familia.

Estos casos están levantando alarmas de una realidad que no ha logrado permear la discusión pública. Así, teniendo a la vista el envejecimiento de la población de los últimos años – un crecimiento de 163% en el número de adultos mayores en menos de 30 años – las políticas públicas, en general, se han enfocado en iniciativas de carácter económicas para darle más autonomía a esta población –como es el caso de la reforma del sistema de pensiones–, sin embargo, existen otros factores que influyen en la calidad de vida de estas personas que aún no se han tomado en cuenta.

Uno de ellos es el entorno y redes de apoyo que ayudan a que este grupo poblacional no se vea excluido a medida que avanza en edad. En este aspecto es necesario cuestionarnos qué rol les estamos dando a los adultos mayores en nuestra sociedad, o si siquiera les estamos dando uno. El valor que antes se les otorgaba a los mayores en el traspaso del conocimiento y la experiencia, en el compartir tradiciones e historias parece ya no existir.

Y es que nos olvidamos que la interacción con la comunidad es parte del desarrollo y calidad de vida de una persona, y que esta dimensión comunitaria es transversal a lo largo de su vida. Esto implica entregar los espacios para que esa participación se dé en las distintas etapas de su historia. Los números dan señales negativas en este aspecto. Por ejemplo, la participación de los adultos mayores en alguna asociación ha disminuido de 47% en 2006, a 44% en 2016 según la IV Encuesta Nacional de Calidad de Vida en la Vejez 2016.

Si bien hay políticas públicas que se pueden implementar en esta línea, como por ejemplo, diversas actividades dirigidas a adultos mayores impulsadas por servicios públicos o municipalidades, este es un ámbito donde la actividad estatal no es capaz de cubrir todas las necesidades. El aporte concreto que las personas pueden hacer al acompañar a los adultos mayores es esencial para hacerle frente a este problema. Pero más allá de eso, es también hacernos responsables de cómo formamos las relaciones y espacios de encuentro en nuestras comunidades, para así darle cabida a aquellas personas que hoy se sienten cargas de sus familias.

La burbuja de individualismo y autonomía absoluta en la que nos estamos sumergiendo, especialmente las generaciones jóvenes (los millenials, la generación Z o las próximas que ya no tiene más letras en el abecedario), nos da la ilusión de una sociedad donde es mejor que cada quien se valga por sí mismo, cuando en realidad el caso de estos adultos mayores es indicio de todo lo contrario. En cambio, si somos capaces de reconocer nuestra interdependencia, no sólo entre familiares, sino también a nivel de barrios o asociaciones, podremos crear espacios de encuentro donde las distintas etapas de la vida tengan un lugar, de modo que ser una carga para la sociedad no sea motivo para quitarse la vida.

 

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