Ley Uber: hay que mirar al futuro



Este es el momento decisivo para la Ley Uber. Hace apenas unos días fue aprobada de manera general en el Senado, donde el proyecto equipara las exigencias normativas entre los taxis básicos y los vehículos de aplicación, el castigo lo paga el innovador, pero el que sufre las consecuencias es el usuario.

No es novedad que la legislación siempre va mucho más atrasada que la tecnología. Y en el caso de la discusión sobre la ley que regula las aplicaciones de transporte, también llega tarde, porque lo que se discutió y se aprobó en el Congreso es una medida que puede quedar obsoleta en el mediano plazo, ya que si miramos con detalles lo que se propone, nos encontramos con un reglamento que habla de transportes, pero no de movilidad, de tecnología, ni menos de usuarios.

La discusión parte atrasada, porque no se habla de usuarios, sino de mecanismos de transportes. Hoy, el valor de este tipo de plataformas es que permite que millones de personas puedan acceder a una movilidad más asequible y sostenible, principalmente porque llegan a lugares y horas donde el transporte tradicional no lo hace.

La discusión no debe ajustarse a una normativa con restricciones y cuotas, sino plantearse cómo estos nuevos modelos de transporte puedan convivir con los tradicionales. En una zona metropolitana, por ejemplo, creando una normativa que facilite la competencia y el tránsito ordenado desde el viejo orden (transporte tradicional) a uno nuevo intermodal (integrando diversos medios de transporte: desde caminar, uso de bicicletas, transporte tradicional, todo mezclado y en directa relación con el uso de las apps), de forma que sea el ciudadano quien escoja el servicio o la forma de moverse que esté acorde a sus necesidades.

Eso, si nos quedamos en la capital, porque en regiones, el panorama resulta desolador, ya que el uso de estas plataformas evidenció una falla que hasta el momento no se ha podido resolver: la interconexión entre las zonas residenciales y el centro.

Mirarla solo con ojos de "transporte" no está bien, debe analizarse y discutirse desde el usuario y desde la tecnología, porque el valor y el éxito de estas apps radica en que, a diferencia del transporte tradicional, supieron ofrecer algo superior; o como lo señala Peter Thiel en su libro "From zero to one" (De cero a uno): "Los clientes no se interesarán por una tecnología, a menos que resuelva un problema en particular de una manera superior".

Estas u otras tecnologías que influyen en el funcionamiento de una ciudad aumenta el bienestar de los usuarios, y la ventaja del uso de las plataformas no radica en su no regulación, sino en la eficiencia que existe en el proceso de manejo de flotas que proporciona la tecnología. Hace casi un año, la CNP realizó un diagnóstico señalando que entre un 2% y un 10% de los ingresos que percibe un conductor de apps se explica porque no tienen la regulación que tienen los taxis; el 90% restante es porque los clientes están dispuestos a pagar por un servicio que valoran, que es más eficiente y transparente. El mismo informe sugiere considerar que las apps llegaron para quedarse y que es el transporte tradicional el que debe "uberizarse" para competir de igual a igual por un servicio que los clientes valoren.

La oportunidad radica en que no salgan perjudicados los usuarios, ni un nuevo sistema de movilidad, sino que los actores tradicionales aprendan y adopten las buenas prácticas de los que llegaron para quedarse.

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