El llamado del ministro Moreno

Alfredo Moreno

Foto: AgenciaUno.



Nunca, en mis 28 años de vida profesional me había tocado emocionarme y atragantarme en CasaPiedra. El ministro de Desarrollo Social, Alfredo Moreno, contó una historia de vida llena de contenido. Se sintió el silencio y las palpitaciones en cada uno de los presentes conmovidos por su relato, y sobre todo se sintió su propia emoción que aún persiste 44 años después. A los 17 años le tocó dirigir los trabajos de verano del Colegio San Ignacio en Putaendo. Eran 100 los jóvenes inscritos y un joven de 16 años, Ignacio Yaconi, le pidió que lo llevara. La negativa del joven Alfredo se fundó en su conocimiento de la afección cardíaca del joven, no apta para el esfuerzo de la cosecha de papas. "Solo accedo si tu papá me lo pide". El padre del muchacho, Hugo Yaconi, connotado empresario, lo llamó para pedirle que aceptara que su hijo vaya. "Tiene 16 años, por su enfermedad debió partir a los 12 años, por lo que ha sido un regalo para mí por 4 años; así es que si él quiere ir y es feliz con esto, que vaya". El joven falleció por el esfuerzo. Los 100 compañeros destrozados se aprontaban a levantar el campamento cuando don Hugo los conmina a continuar y se ofrece a reemplazar a su hijo en las semanas que faltaban de trabajo. Terminaron la tarea y su compromiso con la comunidad, inspirados en don Hugo, y con su aporte personal.

La historia es muy significativa para el Chile de hoy. Cuando una parte de nuestra sociedad proclama que la inspiración de los empresarios es el egoísmo, el dinero, y que cualquier preocupación social no puede ser más que compasión o limosna -como sugiere el análisis del rector Carlos Peña y lo remarcara el propio ministro Moreno en su presentación-, nuevamente se equivocan de diagnóstico. El mundo empresarial, tomando conciencia de su nuevo rol en los tiempos de hoy, con una renovada dirigencia gremial, tiene mucho más potencia y capacidad de contribuir a la construcción de un encuentro social en nuestro país que la clase política o incluso el propio Estado. El mundo empresarial que entiende que la empresa no termina en las utilidades, sino en la legitimación de su labor ante toda la sociedad, es una pieza imprescindible para cualquier proyecto de cohesión social. Está de moda la reforma del Estado, como si fuera posible hacerla con la conjunción de hombres buenos entregados al servicio público y remunerados por los contribuyentes. Chile necesita una Revolución Gloriosa, que vuelva a peguntarse cuántas funciones sociales que hoy atribuimos al Estado, al monarca, que promete una y otra vez soluciones que es incapaz de proveer, no pueden ser provistas por una sociedad civil vibrante, descentralizada, mediada por una renovada clase política que entiende su rol en una sociedad democrática liberal representativa. Este es el meollo de los tiempos que vienen. ¿Dónde está esa clase política?

No es fácil la tarea. El opio tiene efectos y quedamos mareados. Esa clase política consciente de ese rol tiene muchas posibilidades de seguir creciendo, si se plantea con claridad frente al sector que involuciona. Mientras tanto, el ministro Moreno, en representación del gobierno, nos invita a trabajar todos juntos en el común objetivo de volver a un proyecto de unidad nacional, desde los problemas concretos, para proteger a los más vulnerables y con los instrumentos que funcionan. Por cada empresario consciente, 100 jóvenes motivados por servir a su país al mismo tiempo que desarrollan sus proyectos propios. No existe la falsa dicotomía entre lo público y lo privado, lo estatal y el mercado. Existen las sociedades que funcionan con cohesión, con clases dirigentes que la buscan y refuerzan, y sociedades divididas, enfrentadas. Chile cruzó el umbral del segundo tipo, aunque está por verse la velocidad a la que nuestra clase política descubre que la segunda transición hacia el desarrollo con inclusión y cohesión social está al alcance de la mano. Los empresarios, al parecer, tienen la tarea más avanzada.

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