Llegó el día



Por Max Colodro, filósofo y analista político

Finalmente, hoy en la noche se acabarán los misterios y sabremos cuánto representa cada uno de los actores políticos. Al terminar de contar los votos, nadie podrá culpar salvo a sí mismo de su caudal de respaldo y peso relativo. Y lo primero que volveremos a comprobar es que, por fortuna, seguimos siendo una sociedad con profundas diferencias, donde las miradas heterogéneas sobre el pasado, el presente y el futuro, siguen siendo parte de nuestra complejidad y riqueza.

Al concluir la jornada, contrastaremos también cuánto queda del Chile que conocimos hasta el 18 de octubre de 2019; un país con equilibrios y tendencias electorales relativamente estables desde el retorno a la democracia, que hoy confirmará, en el espejo de las urnas, si algo sobrevive de ese “viejo orden” que muchos han buscado dar por definitivamente muerto. Porque, con todo lo que representa este proceso electoral para el futuro del país, es innegable que aquí están también en juego evaluaciones sobre lo que hemos construido en las últimas décadas, juicios históricos que se confunden y proyectan en las diversas perspectivas que tenemos sobre el Chile por venir.

En el plebiscito de octubre pasado quedó resuelto algo fundamental: la inmensa mayoría de la sociedad chilena llegó a la convicción de que el camino para abordar nuestros problemas políticos, sociales e institucionales, pasa por una nueva Constitución. Lo que de algún modo hoy se harán también visibles son los énfasis y contrastes que desde ahora se pondrán en juego en este esfuerzo institucional por generar mínimos comunes; qué materiales permitirán construir reglas del juego que efectivamente puedan ser consideradas legítimas al menos por una mayoría, y que luego obliguen a respetarlas, es decir, exactamente aquello que en el último tiempo ha dejado de ocurrir.

Hoy tendremos un indicador decisivo de cuán cerca o lejos estamos de la posibilidad de construir acuerdos institucionales para las próximas décadas, de sentar las bases de un proyecto de sociedad donde prime el ánimo de convergencia y no la lógica del enfrentamiento; veremos también cuán difícil será llegar a un país donde las diferencias políticas sean no solo valoradas, sino concebidas como parte de nuestra riqueza, o, por el contrario, si seguimos siendo el testimonio de un pasado traumático, marcado a fuego por el odio, la violencia y los abismos irreductibles, expresiones que hemos visto resurgir en el último tiempo, no sabemos bien si como síntomas de un Chile que está terminando o que eternamente retorna.

En definitiva, ¿fin de un ciclo y comienzo de otro?, ¿voluntad mayoritaria de construir acuerdos?, ¿nuevas reglas del juego que ahora sí serán respetadas?, ¿un proyecto de sociedad donde todos caben?, son interrogantes que empezarán a responderse cuando concluya este día histórico. Respuestas que surgirán de la voluntad de los electores y de las cuales, por tanto, no quedará otra que hacernos responsables.

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