Lo primero: lealtad con la democracia

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Si no reconocemos que nuestra democracia sufrió en estos días el más grave ataque en 30 años, y que la amenaza no está conjurada, quiere decir que los problemas recién comienzan. En las peores horas, el gobierno fue sobrepasado en el terreno crucial del orden público y surgió un enorme interrogante sobre el comportamiento de las fuerzas policiales. Mucha gente vio cómo se volvían difusos los límites entre la civilización y la barbarie. Ha habido mucho miedo en estos días, y ese es un mal síntoma.

El intento de explicar lo ocurrido como la reacción de una sociedad exasperada ante las injusticias tiene el riesgo de tapar la magnitud de la agresión antidemocrática. Es legítimo reclamar solución a muchas necesidades sociales urgentes, o protestar contra los abusos, pero no puede haber confusiones: en democracia, ninguna buena causa valida la violencia. Y en materia de abusos, en estos días fueron gigantescos los cometidos contra la comunidad por parte de los incendiarios y saqueadores.

Nuestra convivencia fue atacada a mansalva por grupos que no creen en la democracia. Forman parte del tenebroso mundo del anarquismo que propugna la "guerra social" y no le hace asco a ningún medio. El objetivo de arrasar el Metro fue ejecutado por quienes sabían cómo hacerlo y contaban con los medios. ¿Qué viene ahora? ¿Atentar contra el sistema eléctrico? ¿Contra el suministro de agua potable? ¿Tiene algo que decir la Agencia Nacional de Inteligencia?

En este contexto, una parte de la izquierda echó leña al fuego con total desprecio por las consecuencias. Son los que llamaron a la "desobediencia civil" desde sus cómodos asientos de la Cámara de Diputados, apostando a la posibilidad de crear una crisis institucional que llevara incluso a la caída de Piñera. Con desparpajo, ahora hablan de montajes y autogolpe. Se equivocan al creer que sacarán ventajas de todo esto. Los que sí pueden ganar a río revuelto son los autoritarios de derecha.

El asunto vital es la lealtad con la democracia, el coraje de defenderla aunque no estén gobernando los del propio bando. Hay que explicárselo a los jóvenes, que no saben lo que es una dictadura, ni que su prólogo suele ser el caos. Pero hay que explicárselo también a los sindicalistas sueltos de cuerpo que llaman a paro nacional precisamente ahora.

El gobierno de Piñera merece críticas por muchas razones, pero no puede ponerse en duda la continuidad institucional. Es imperativo restablecer el orden público y hacer respetar la ley. El impacto económico de la destrucción será inmenso. Habrá que redefinir las prioridades del gasto público y será mejor no legislar a la carrera. Esperemos que la agenda social dada a conocer el martes ayude a generar un clima constructivo.

Todos debemos colaborar para que Chile supere las actuales dificultades. Lo primero es defender sin flaquezas la paz, la libertad y el derecho.

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