Pablo Vidal

Pablo Vidal

Diputado Revolución Democrática

Opinión

“Ni lo uno ni lo otro”

La oposición venezolana ha respondido con manifestaciones masivas a las convocatorias de Guaidó. Foto: GETTY IMAGES

El 23 de enero, cuando el Gobierno tomó la decisión de reconocer a Juan Guaidó como “Presidente Encargado” de Venezuela, la reacción que desde el Frente Amplio tuvimos fue unánime e inmediata. Criticamos dicha decisión, dijimos que no colaboraba en la construcción de una solución y redactamos un Proyecto de Resolución rechazando cualquier intromisión extranjera que pudiera provocar más dolor y sufrimiento al pueblo venezolano.

Y cuando hablamos del sufrimiento del pueblo venezolano no lo decimos en sentido figurado, estamos hablando de una crisis profunda. Con una economía alcanzando una hiperinflación récord de 1.700.000% en 2018, escasez de alimentos y medicamentos, altas tasas de violencia y muertes, más de 3 millones de personas huyendo de su país, y gravísimas violaciones a los DDHH constatadas por organismos como el ACNUDH, la CIDH, Humans Rights Watch y Amnistía Internacional.

Cuando dijimos que reconocer a Guaidó era una irresponsabilidad, recibimos las críticas inmediatas de la derecha y de la DC, que con el tejado de vidrio que les pesa ante la dictadura sangrienta que hubo en Chile, rasgan vestiduras ante lo que ocurre en Venezuela. Y cuando condenamos los crímenes y errores de Maduro, recibimos insultos y descalificaciones desde el otro extremo del espectro político, incluso de parte de algunos compañeros.

¿Es la realidad tan simple como para reducir todo a que nuestra postura es “amarilla”? ¿O acaso la situación es más compleja y no podemos reducir todo a “buenos y malos”?

Resulta que en la política actual sigue primando la mentalidad de la Guerra Fría. O es blanco o es negro. O estás con EEUU o estás con Rusia. O estás con Guaidó o estás con Maduro.

Lo cierto es que una de las razones por las que las democracias actuales están en riesgo es precisamente por el resurgimiento de la extrema derecha que propone salidas simples a problemas complejos. En este mundo globalizado se acepta con facilidad el libre tránsito de bienes y capitales, pero aún no se resuelve la forma de manejar los naturales e intensos movimientos migratorios en todo el planeta, y ante este fenómeno aparece un populista proponiendo la construcción de un muro de 3.200 km de largo y termina convirtiéndose en Presidente de Estados Unidos; o ante la corrupción generalizada de la clase política de un país gigante, desigual y millonario, aparece un político, con 28 años siendo diputado, diciendo que el problema son los políticos… ¡y logra convertirse en Presidente de Brasil!

La comunidad internacional tendrá que actuar con profunda complejidad si quiere colaborar con una salida pacífica a la crisis que atraviesa Venezuela, porque la situación actual supera la lógica de “izquierdas y derechas”. Pero esa complejidad en ningún caso permite reconocer y validar a Juan Guaidó, quien en un arranque de locura termina reconociendo que aceptaría una intervención militar, pero esta situación compleja tampoco permite ser condescendiente con Nicolás Maduro, quien ha cruzado todas las líneas hasta convertirse en un dictador que se aferra al poder a costa del sufrimiento de su pueblo.

 

La historia nos juzgará, no por lo que pensamos ni por lo que decimos, si no que nos juzgará por lo que hicimos ante una situación como esta. Y ante la situación actual solo cabe colaborar con el proceso de diálogo liderado por Uruguay, esperando que tanto Maduro como Guaidó y la oposición venezolana se pongan a disposición de un diálogo pleno, que pueda conducir a una salida pacífica a través de un nuevo proceso eleccionario, donde sean los venezolanos los que decidan su destino, sin intervenciones militares, sin EEUU ni Rusia, y probablemente, sin Maduro ni Guaidó.

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