Los Himalayas

HIMALAYAS

Ya han pasado 21 días desde el domingo electoral que ha puesto una tremenda incertidumbre sobre nuestro país, y cada vez me convenzo más de que lo que estamos viviendo en Chile es parte de una transformación global del rebalanceo de poder.



“No se asusten, no están solos. Si se hunden se hunden con todo el mundo”. La frase, dicha por el sociólogo Manuel Castells en CEP-Chile, a propósito del estallido social de octubre de 2019, me llegó justo al whatsapp al día siguiente de las “históricas” elecciones de alcaldes, gobernadores y constituyentes, cuando muchos aún tratábamos de entender los inesperados resultados de ese domingo.

En particular, Castells hablaba de los movimientos sociales como un fenómeno global, pero también daba luces sobre las transformaciones políticas y económicas que vive todo el planeta. Una cosa de sobrevivencia: “O la especie humana se actualiza en lo institucional, o a medio plazo desaparecemos”, advertía.

Ya han pasado 21 días desde el domingo electoral que ha puesto una tremenda incertidumbre sobre nuestro país, y cada vez me convenzo más de que lo que estamos viviendo en Chile es parte de una transformación global del rebalanceo de poder que no es puntual, sino estructural, y a la cual –con más o menos ganas- deberemos adaptarnos.

Se trata de un movimiento que tiene como eje común “la ruptura del vínculo gobernante-gobernado” en todas partes del mundo, como decía Castells. Y que, esencialmente, cambia la democracia tal como la conocíamos –controlada por una elite política e intelectual- hacia una mucho más plural y diversa, que dará inicio a una nueva sociedad.

A nivel mundial se ha visto la fragmentación del poder de los medios de comunicación –que en cierto modo actuaban como un lente a través del cual las personas interpretaban y veían la realidad- y su reemplazo por las redes sociales como ente aglutinador de movimientos sociales y su influencia en la agenda pública; espacios donde además proliferan rápidamente las fake news y la información se segmenta por algoritmos que limitan la posibilidad de ver y aprender de distintos puntos de vista. Esto, complementado con una disminución en los costos de transacción para poder agruparse, los bajos niveles de confianza en las instituciones y la sensación de desigualdad en todo el globo, han movido las corrientes políticas subterráneas del planeta.

En Chile, el Estado históricamente ineficiente, sumado a malas políticas públicas que no han permitido solucionar temas tan trascendentales como la educación o las pensiones, y el debilitamiento de la confianza en distintas instituciones, entre otros, fueron agregando presión para la explosión social que vivimos el 2019, pero esto se venía juntando hace años y más temprano que tarde íbamos a tener que enfrentar esta nueva realidad.

Y cuando la energía almacenada por décadas es liberada, las placas tectónicas pueden generar movimientos tan grandes, que originen terremotos o dañinas erupciones volcánicas. Pero también –en algunos casos- han dado inicio a nuevas estructuras, como el caso de las majestuosas montañas de los Himalayas.

En nuestro caso, de todo esto, ¿podrá salir algo mejor?

No lo sabemos, pero somos muchos los que quisiéramos creer que es posible y que, pasado un período de adaptación, podremos encauzar el rumbo.

La gran duda que plantea este nuevo rebalanceo de poder -que está llegando a personas que histórica o tradicionalmente no lo habían ejercido-, es qué resultados tendrá y cuánto se demorarán estos nuevos “representantes” en aprender que los cambios siempre tienen un beneficio y un costo, que los recursos son limitados y que hay que priorizar. En definitiva, que el progreso no está asegurado.

En este camino de aprendizaje se correrán muchos riesgos, cometeremos errores y aciertos.

Hoy en día lo que nos queda es escuchar, aprender, tomar lo mejor de la experiencia histórica y lo que la evidencia nos ha enseñado y así continuar avanzando en la búsqueda del nuevo equilibrio que el país demanda para poder seguir generando el progreso necesario para lograr solucionar realmente las múltiples demandas sociales que enfrentamos.

De hecho, The Economist en su último índice sobre democracia, publicado en febrero de este año, señala que las libertades democráticas han retrocedido en casi el 70% de los países del mundo en el último ejercicio, debido a las restricciones provocadas por la lucha contra la pandemia, algo que nos pone en alerta.

Esta experimentación no puede ser posible sin tomar un rol activo en la defensa de la democracia, como fuente número uno del desarrollo de una sociedad en el largo plazo. Debemos asegurarnos de que quien sea que nos lidere lo haga respetando la democracia y evitar terminar en manos de un líder populista y autoritario, que encauce negativamente la efervescencia social. Solo así podremos procurar que este movimiento de placas tectónicas en vez de destrucción pueda dar origen, quien sabe, a una nueva y mejor economía y, quizá, a nuestros propios Himalayas.  Habrá que ver.

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