Medidas no convencionales para enfrentar la pandemia

MINISTERIO DE HACIENDA



A lo largo del mundo se están multiplicando intervenciones sin precedente por parte de los gobiernos a fin de contener los catastróficos efectos económicos derivados de la pandemia del Covid-19. Estados Unidos ha liderado estos esfuerzos, con un paquete por US$ 2,5 billones, mientras que Alemania destinará US$ 800 mil millones. Algunas estimaciones ya indican que a nivel global los distintos países habrán comprometido distintos instrumentos que representarán más del 2% del PIB global. Chile tampoco ha sido la excepción, contando con un plan de rescate superior a los US$ 11 mil millones, el mayor de toda su historia. Los expertos debaten ahora cuán extensa y profunda podría llegar a ser lo que ya se anticipa como una recesión global.

Es razonable que frente a una expansión tan sustantiva del gasto público existan temores ya sea por el fuerte desequilibrio que se podría producir en las finanzas públicas, o bien por el hecho de que cada vez que hay intervenciones fiscales a gran escala -para el caso del mundo desarrollado, este año el gasto fiscal representará en torno al 40% de su PIB combinado- existirá la tentación de incrementar el gasto fiscal sin ningún criterio de focalización -abriendo así el incontenible apetito populista-, o bien prolongar la presencia del Estado mucho más allá de la temporalidad de una emergencia sanitaria, restando espacio a la iniciativa privada.

Pese a estas legítimas aprensiones, en épocas de shock como la actual, en que toda la actividad económica se ve gravemente alterada o interrumpida por razones enteramente exógenas al modelo, es plenamente justificado que el Estado intervenga en forma decidida con el fin de proteger empleos, evitar quiebras masivas de empresas -grandes, medianas y pequeñas- e impedir la destrucción del aparato productivo, medidas cuyo foco central ha de estar puesto ante todo en la protección de la ciudadanía.

Al tratarse de causas exógenas al “modelo”, resulta por lo mismo equivocado pretender atribuirle culpas o responsabilidades en esta debacle, o demonizarlo por su falta de capacidad para salvar empleos o procurar soluciones audaces, en circunstancias que cualquiera haya sido el modelo habría enfrentado exactamente los mismos problemas en una coyuntura como la actual. No es por tanto una falla del modelo, y de allí que las soluciones habrá que necesariamente buscarlas fuera del modelo establecido, donde es al Estado al que cabe el rol principal. El país deberá debatir ahora sobre cuáles serán las mejores herramientas para impedir que los efectos de esta pandemia dañen aún más las capacidades productivas del país, asumiendo que no es un tiempo para la “ortodoxia”.

Las políticas de shock deben entenderse necesarias para momentos específicos y para hacer frente a problemas no convencionales. No cabe entonces pretender proyectarlas como políticas permanentes ni utilizarlas como justificación para cambiar sustancialmente el actual modelo productivo una vez superada la emergencia sanitaria. La pertinencia de un modelo se prueba en función de los frutos que produce; en ese orden de cosas, la economía libre ha permitido al mundo una generación de riqueza sin precedentes, sustanciales aumentos en el nivel de bienestar -con una inédita reducción en los niveles de pobreza y acceso a bienes que mejoran la calidad de vida- así como una promoción de las libertades individuales. La preservación de estos pilares es la garantía de que la economía volverá a ponerse en marcha para beneficio de toda la sociedad.

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