El miedo que nos silencia

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El retor Carlos Peña



"Nuestro rector es fascista" expresaba una indignada estudiante, mientras participaba en una funa contra el rector de la Universidad Diego Portales; todo entre gritos, epítetos y lienzos insultantes. Para ella, resultaba inadmisible un (admitamos disputable) diagnóstico acerca de las causas de la crisis que vivimos. Pero más que rebatir, lo sabemos, la funa pretende acallar, advertir violentamente que una idea (o persona) no tiene el derecho a expresarse. Su objetivo es humillar, expulsar, la pulsión primitiva de una tribu enardecida.

El rector no se ha dejado intimidar, defendiendo su legítimo derecho a opinar. Su actitud constituye una luz de esperanza, algo digno de destacar, porque es mucho lo que está en juego. Se requiere valentía para resistir tamaña presión, especialmente en tiempos en que muchos comienzan a sumirse prudentemente en un vergonzoso silencio.

La intolerancia, que esto es la funa, no debe ser tolerada (la paradoja la planteó Popper en "La sociedad abierta y sus enemigos"). Si la sociedad abierta no está preparada para detener los atropellos de la intolerancia, dice él, si es complaciente con ella, aquello nos llevará a la destrucción de la tolerancia, al reino de la intolerancia, hoy a la vuelta de la esquina.

Lo mismo vivió hace algunos días la excandidata Beatriz Sánchez, el ministro Mañalich, la ministra Cubillos, equipos de prensa. Las víctimas, se espera, deben bajar la cabeza y retirarse en silencio, humillados ante la turba descontrolada. El Estado debiera asegurar la libertad de expresarse, pero ya lo vemos, el Estado está hoy largamente excedido en su capacidad de asegurar ningún derecho.

El mundo político, sobrepasado, ha buscado una salida en el acuerdo para una nueva Constitución: una hoja en blanco llena de posibilidades, pero también de incertidumbre, cuyo destino final es una tierra prometida a la que algún día arribaremos. Llegados ahí todos seremos felices, iguales en derechos y dignidad. Nada menos que eso esperamos, pero admitamos que han pasado ya tres semanas, y no hay seguridad sobre su destino, menos aún si acaso es este el acuerdo que será capaz de encauzar las juveniles "pulsiones" de los que marchan, tanto quienes expresan sus legítimas demandas, como aquellos otros que están destruyendo y quemándolo todo.

Algunos celebran porque "Chile despertó", pero el costo hasta ahora es enorme y los beneficios todavía inciertos. La destrucción de bienes públicos, la paralización de la economía nos ha transformado en un país más pobre, más desigual y desde luego mucho más intolerante. Transitamos hacia algo nuevo, pero la salida de Egipto (que ya salimos, oiga) está siendo más traumática de lo esperado. No sé cómo se calmarán finalmente las furias, pero propongo aquí empezar por defender la tolerancia, hoy asediada por la funa y la violencia; hagámoslo, aunque suene contradictorio, con toda la intolerancia que sea necesario para ello.

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