Un sector no menor de nuestra sociedad sigue pegada en las ideologías del siglo 20 y bajo distintos modelos siguen soñando con la "revolución", la refundación, los grandes cambios estructurales. Lo que no se han dado cuenta es que esa revolución ya ocurrió en el mundo, y es el resultado de la evolución de la tecnología, que es el actor dominante de este siglo.

En los próximos 10 años probablemente el 70% de la población ya estará conectada a internet, y también lo estarán un trillón de sensores (un millón de millones, o un 1 con 12 ceros), dando paso a un nuevo tipo de realidad aumentada cuyos alcances aún desconocemos. Para el 2025 casi mil millones estarán usando ropajes o artefactos conectados a internet, y en los próximos 10 años probablemente ya se venderá una versión implantable del celular. La telemedicina, los robots, el teletrabajo, la educación en línea, los autos autónomos, la inteligencia artificial, la web 3.0, los alimentos moleculares, y tantas otras cosas ya estarán en nuestra vida cotidiana.

Un poco más adelante vienen los úteros artificiales que, además de cambiar nuestras ideas sobre los géneros, van a consolidar el ascenso de la mujer al poder en la sociedad. Los niños que están naciendo hoy tienen expectativas de vida de 100 o más años. La biología sintética está cambiando nuestra noción de la vida. La nanotecnología revoluciona la idea de la materia; la robotización seguirá a pasos acelerados, especialmente los BOTS digitales que nos asistirán también como individuos para poder existir en un mundo con exceso de información y conocimiento.

Pero hay desafíos enormes. El primero es el cambio climático, que es una realidad inexorable independiente de cómo se generó. Esa discusión es inerte. Eso significa que quizás podemos (y debemos) tratar de hacerlo más lento, pero es una realidad que debemos enfrentar hoy. En 10 años más probablemente no podremos exportar nada al mundo que tenga huella de carbono. Eso significa un cambio gigantesco que debemos enfrentar hoy, no cuando ya sea tarde. El tema del agua será crucial y eso demora mucho y cuesta muchos recursos. Otro problema es la ciberseguridad y las nuevas formas de delincuencia. El envejecimiento es otro tema enorme, del cual se habla pero no se hace mucho. Por más que me duela, libros, diarios de papel y la TV abierta como la conocemos, son especies en extinción. Twitter, Facebook, Google y otras de esa naturaleza ya son más grandes y poderosas que la mayoría de los países. Son nuevas formas de "países" virtuales, todos ellos incubando poderosos motores de inteligencia artificial.

En esta nueva "realidad" aparece la dificultad de conocer la "verdad", se impone la lógica de los consensos y la posverdad. Los buscadores son cruciales. La Deep Web es otra realidad inexorable, propia de la mentalidad humana.

Para todo esto necesitamos una clase política capaz de entender y enfrentar estos problemas. La democracia debe rejuvenecerse de manera urgente, pues tal como existe hoy simplemente no será capaz de enfrentar estos desafíos. No basta con ser popular, se requieren enormes cantidades de conocimientos para enfrentar estos nuevos problemas. En Chile probablemente el 75% del Congreso no tiene las competencias necesarias. Por ello, esos mismos políticos son en definitiva el principal obstáculo para poder evolucionar como país. Si los primeros afectados por las nuevas leyes son los mismos que hacen las leyes, éstas siempre serán muy malas. Nuestro Congreso cambió para peor, no para mejor.

Como siempre, el único camino es la educación, y la clave es la diversidad, no la homogenización como siempre ha querido la izquierda que confunde educación con adoctrinamiento. Es urgente crear una entidad autónoma, permanente, no política, y menos ideologizada, que empiece a definir en qué consiste la calidad de la educación que requiere este siglo.

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