Narváez

La exministra Paula Narváez.




Mujer, o sea, con capacidad de convocatoria feminista transversal. Figura que suena más nueva que otras a ese electorado que pide que se vayan todos. Remece a una irrelevante centroizquierda y entusiasma a su desencantado partido. Provocó interés por su candidatura en RD o sectores de él, huérfanos de candidato presidencial; claramente incómodos con Jadue, el PC y esa alianza que huele a triste final del ya devaluado proyecto del Frente Amplio. Si a eso agrego la organización territorial del PS, sus raíces culturales en la sociedad y su superior capacidad financiera, pues entonces, Paula Narváez tiene altas posibilidades de ser la candidata presidencial de ese conglomerado en gestación formado por los partidos de la lista del Apruebo… y más a la izquierda incluso.

Su candidatura fue bien pensada y mejor lanzada. Diverge de ese estilo circense y estridente a que la política nos estaba acostumbrando y de esas candidaturas nacidas más de aspiraciones individuales que de clamores colectivos. Primero fue el llamado de mujeres socialistas; luego Michelle Bachelet la bendijo, después días de silencio de la candidata seguido por un lanzamiento sobrio, desde Puerto Montt, transmitiendo más serenidad y llamados a la unidad que contenidos. Vino luego el retiro de otras candidaturas y la sucesión de apoyos: parlamentarios, juventud socialista, etc.

El PC acusó el golpe. Su Presidente, Guillermo Teillier, calificó de “rara” la candidatura de Narváez y sibilinamente dijo de ella que “no ha participado en el cambio de Chile”. Luego agregó: “No se le conocen declaraciones sobre lo que estaba pasando en el país”. Mezquino, pero coherente con su propósito de desplazar al PPD y PS como fuerza hegemónica en el electorado de izquierda, aupado en un Jadue antes sin rival.

La primera tarea de Narváez es aglutinar tras sí el máximo de una izquierda nunca antes tan dispersa y fracturada. Sus llamados a la unidad y algunas de sus pocas definiciones (como por ejemplo, sobre el aborto), se hacen con el electorado militante de izquierda en la mente. Sin embargo, después, la victoria se jugará en el centro, no en él. Y el necesario viraje no le será fácil. Liderará una izquierda fuertemente radicalizada, que decepcionó con su último gobierno, especialmente en crecimiento, empleos y por ende en desigualdad (el 18/O no es ajeno a eso), cruzada de profundas discrepancias sobre lo que se debe hacer en un futuro gobierno y con una candidatura fuerte disputándole electorado desde su flanco izquierdo. Ganar una candidatura opositora puede serle más fácil que ganar la Presidencia y más aun que gobernar. Las diferencias en el seno del gobierno de Bachelet II son nada, comparadas con las actuales. Su desafío mayor es unir un mundo de izquierda en aquelarre y, al mismo tiempo, convencer a mayorías moderadas que es mejor alternativa de gobierno a una derecha que se propone disputar el centro.

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