El norte y la brújula

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El Presidente Piñera en su despacho, a las 15.13 horas de este miércoles. Foto: Mario Tellez


El cambio de gabinete fue antecedido por la publicación de la encuesta CEP, lo que hizo más visible el contraste entre el escenario de fuerte deterioro político del gobierno y un ajuste ministerial básicamente destinado a reforzar la economía. En rigor, los problemas de conducción política no fueron siquiera reconocidos en el tímido rediseño efectuado por la autoridad, como si lo único relevante para explicar el actual cuadro fueran débiles indicadores de gestión sectorial, o exiguos niveles de inversión, crecimiento y consumo.

De algún modo, es un guion repetido, que para muchos hace inexplicable hasta hoy que el primer gobierno de Sebastián Piñera haya tenido un crecimiento promedio de 5.2%, e igual la derecha haya sido barrida en las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2013. La dificultad para entender la singularidad de lo político y su autonomía respecto a los resultados económicos es un mal endémico de la derecha chilena.

Seguramente para La Moneda resulta también inexplicable que teniendo un crecimiento en 2018 de 4% y este año una proyección en torno a 2.5 y 3%, siete de cada diez chilenos consideren que el país está estancado o en decadencia. El acotado ajuste ministerial del día jueves, y las palabras pronunciadas en la ocasión por el Mandatario, solo confirmaron que el gobierno no tiene ni siquiera una hipótesis sobre la profundidad y rapidez de su deterioro. Salvo, obviamente, culpar al escenario externo, a la caída de la expectativas producto de la guerra comercial y a sus efectos a nivel interno.

En lo sustantivo, esa es la señal más preocupante del ajuste ministerial, la convicción de que el gobierno no tiene diseño político para enfrentar las dificultades y exigencias del actual momento, y que todas las energías serán puestas únicamente en apalancar variables económicas. Con todo, el oficialismo puede respirar todavía con relativa tranquilidad ya que entre las razones que llevaron a la derecha a ganar las últimas elecciones, están sin duda las que explican por qué la fuerte caída en el respaldo al gobierno no impide que personeros del sector -partiendo por Joaquín Lavín- tengan en general mejores proyecciones que los liderazgos de oposición. Como la centroizquierda tampoco parece entender las causas de su última derrota, se ha volcado por completo a una estrategia de polarización, en un país donde el 64% de la población no se identifica con ningún sector político y en el que una importante mayoría no tiene siquiera interés en conversar o informarse sobre temas políticos.

Al final del día, la enorme desconexión entre los actores políticos y la ciudadanía que la encuesta del CEP y el cambio de gabinete reafirmaron, es la principal variable que en la actualidad explica el deterioro del sistema político. La transversal pérdida del norte y de la brújula, tiene hoy día al gobierno y la oposición compitiendo por quién lo hace menos mal y quién representa la menos perjudicial de las alternativas a mediano y largo plazo. Y esa convicción solo puede generar en la gente una enorme incertidumbre.

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