Nuevas instituciones para superar el colapso

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*Esta columna fue escrita junto a Diego Díaz, Escuela de Gobierno UC. 

Esta semana hemos sido testigos, entre muchos infortunios, de la casi total paralización de nuestro sistema político. El Presidente ha presentado un compleja Agenda Social, que está por verse si logrará la unidad que permita superar la explosiva situación. Entre muchas medidas propuso, sin entrar en detalle, volver a revisar el número de parlamentarios. Lo que aquí proponemos es aprovechar la coyuntura para repensar completamente nuestro sistema político, el que, a todas luces, está funcionando en forma muy insatisfactoria.

El sistema político chileno no estaba operando bien. Buena parte de los conflictos se estaban canalizando a través de instituciones jurídicas, y los proyectos del Ejecutivo enfrentaban un estancamiento en el Congreso debido a la minoría legislativa del Presidente. Si en el futuro la polarización entre y dentro de las coaliciones se acrecienta, o tenemos una legislatura controlada por partidos cada vez menos disciplinados, lo que parece ser la regla en adelante, el riesgo de parálisis institucional es una amenaza real.

Esta situación del sistema político chileno se origina en parte por la mayor diversidad que caracteriza al Congreso tras la reforma al sistema binominal, unido a una creciente indisciplina partidaria. Los gobiernos, de cualquier signo, difícilmente lograrán formar mayorías legislativas y permanentemente deberán estar formando coaliciones ad hoc.

¿Es esto un problema? La respuesta depende de lo que como sociedad esperamos del sistema político. Los países deben elegir instituciones políticas que maximicen la efectividad del gobierno de la mayoría limitando la representatividad, o viceversa. Ninguna opción es más o menos democrática, ni pro o anticrecimiento.

El multipartidismo es un rasgo permanente de la realidad chilena. Además, todos los actores políticos parecen valorar un Congreso representativo de la diversidad social. Si esta es nuestra apuesta, entonces es necesario pensar en instituciones que se adapten a esta realidad.

Proponemos aprovechar el momento para avanzar a un régimen político semipresidencial, encabezado por un presidente y un primer ministro. Tal sistema le daría flexibilidad al sistema político para adaptarse a presidencias sin mayoría legislativa e incentivaría la disciplina partidaria al vincular la supervivencia del gabinete a la confianza del legislativo. En la práctica, el sistema funcionaría como presidencial cuando el Presidente tuviera el control del Congreso y como parlamentario en caso contrario.

Un cambio de régimen no va a solucionar todos los problemas de representatividad del sistema político, pero sí puede contribuir a administrar mejor los conflictos que, de pronto, parecieran estar desbordándonos. Es hora de discutirlo.

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