Océano Pacífico

Rescate de migrantes

AP



Llevo días leyendo, estudiando, escribiendo frente al mar, y aun cuando el espectáculo grandioso me es familiar (lo gozo con frecuencia), nunca antes me había detenido en una de sus propiedades determinantes, su nombre, la importancia de llamarse Pacífico. Debe ser porque las circunstancias en que hemos estado estos dos meses hacen pensar que todo en Chile está vuelto al revés. Nuestro nuevo fatum, con el que, mejor, te cuadras, o "la historia es nuestra y la hacen los pueblos"… de modo que apróntate "cuico inmundo". Que así se "dialoga" en Chile.

Frente a tan gran coloso, magnífico e imperturbable, amenazas de ese calibre no corren, su pacifismo aplaca. De político no tiene nada, de histórico, poco. El Mediterráneo, Egeo, Adriático, Báltico, incluso esos otros mares interiores o solo lagos (el Mar Muerto y Mar Negro), le llevan ventaja. Cuestión que al Pacífico, sin embargo, no le ha hecho perder una hora de su oleaje. Nunca se las ha dado de codicioso ni ha pretendido ser un "winner" (sabemos qué le ocurre a dichos presumidos). Su máxima hazaña, hasta ahora, es haber sido "descubierto", sin que hayan pasado grandes cosas desde que Balboa lo avistara en 1513. Y con tamaña escala, a nadie se le ocurriría declararlo un "loser" al que "tesistas" denunciadoras debieran desagraviar: "Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo me mecía". Si Greta Thunberg hubiese venido, y la captan las cámaras junto al mar, seguro que, contaminado y todo, en primer plano (¿cómo si no?), el océano la eclipsa. Tal es su poder amortiguador.

Tiene algo como de tonto grande, es cierto, pero compáresele y verá su mansedumbre. Podrá encabritarse, de vez en cuando tornarse bravísimo, pero este "loco suelto", como lo llama la Mistral, no se compara con esos salvajes que se hacen pasar por matones de barrio. El Pacífico nos da de comer, no como esas bestias que lo rapiñan todo. A Valparaíso lo han saqueado piratas traídos por la marea, terremotos lo han demolido, y la Armada española lo ha cañoneado, pero el Mar Pacífico nunca se ha ensañado, inundándolo. Hinchas de fútbol, en cambio, lo hacen cenizas.

Testigo fiel, podría servir de espejo gigante. Imaginemos a nuestros ingenieros intentando ponerlo en perpendicular (mis alumnos en Beauchef, eso sí, perdieron cinco semanas de clases, así que no estoy seguro que se la puedan). Nos devolvería nuestra más patética insignificancia. País nimio, insular, falto de cultura, de sosiego y paz consigo mismo. Lugar perdido en un planeta en que las distancias todavía cuentan. ¡Qué remoto se ha vuelto el mundo estos dos meses!

Es cuestión de escala. Veo el mar y vuelvo a constatar que hay algo más grande e impasible con lo que algunos chilenos, por más que sigan emperrándose, no se la podrán, aun cuando intenten convertirnos de nuevo en changos.

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