Álvaro Matus

Álvaro Matus

Periodista

Opinión

Otra defensa de los clásicos

Foto: Agencia Uno

Aunque la definición misma de un clásico implica que es capaz de perdurar en el tiempo, su vigencia ha preocupado a muchos escritores, desde Horacio hasta Coetzee, pasando por Saint-Beuve, Eliot y Borges. Las razones son obvias: se trata de lecturas asediadas por la inmediatez, por un presente que siempre parece más urgente. Para el gran poeta Zbigniew Herbert, clásico era el libro que sobrevivía a la barbarie, porque “hay generaciones de personas que no se pueden permitir ignorarlo y, por tanto, se agarran a ello a cualquier precio”.

El desinterés que campea hoy -quizá una nueva forma de barbarie, distinta a la de Herbert, pero globalizada y transversal-, motiva otra defensa más de los clásicos, esta vez a cargo de Nuccio Ordine, que hace unos años se convirtió en un inesperado best seller con La utilidad de lo inútil. En su nuevo libro, Clásicos para la vida, entrega una guía de lecturas imprescindibles y, con un tono que revaloriza el panfleto como género literario, abre los fuegos con un ensayo que enfatiza la decadencia que tienen hoy los clásicos en los programas escolares. Incluso más: su diagnóstico apunta a la decadencia de las humanidades en general.

¿Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse en textos que permitan entender mejor nuestra época? ¿Cómo encontrar el espacio para sumergirse en lecturas que demandan un esfuerzo mayor? Estas preguntas, planteadas ya por Italo Calvino, todavía no encuentran respuesta. Ahora se agrega otra interrogante, que trae implícito el argumento para prescindir de los clásicos: ¿no es mejor que los jóvenes lean libros que conecten con sus intereses?

“Conectar” supone velocidad y automatismo, algo que aparentemente tiene que hacerse sin esfuerzo, como cuando prendemos un interruptor y todo se ilumina. Y si bien la historia ha dado muestras contundentes de que la lectura no nos hace mejores personas -el esplendor de la cultura centroeuropea de principios del XX no impidió el desastre de dos guerras mundiales-, es difícil sostener que los alumnos se iluminarán por el solo hecho de leer algo que les resulta entretenido.

La premisa de que hay que privilegiar las historias que sintonizan con los jóvenes implica entregarles una responsabilidad que ni siquiera han pedido. Porque son los profesores quienes deben establecer el puente, transmitir el entusiasmo y mostrar que los clásicos nunca dejan de hablar. Si los docentes sintieran verdadera pasión por ellos, no les costaría mucho realizar las conexiones con la vida actual. Una lectura estimulante de los clásicos podría además contribuir a formar ciudadanos más escépticos de los discursos dominantes y, por lo mismo, más autónomos y libres.

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