Pandemia en Chile: cifras y reflexiones



Por Lorenzo Agar, doctor en Sociología

El 2020 que se acaba de ir nos ha dejado una estela difícil de olvidar. La pandemia del Covid-19, virus hasta ahora desconocido y altamente contagioso, ha puesto al mundo literalmente patas para arriba. Los sistemas sanitarios, la economía, la vida en comunidad, los viajes, los encuentros sociales, los espectáculos, el deporte, y un gran etcétera.

Sobre la base de información, por cierto oficial y seguramente imprecisa, la Universidad de Johns Hopkins ha estimado que para el fin del 2020 ha habido en el mundo cerca de 84 millones de personas contagiadas: un 1,1 % de la población mundial. En torno a los 2 millones de personas habrían fallecido por (o con) la enfermedad: un 2,4 % de los contagiados detectados.

Por cierto, estos números no se distribuyen en forma uniforme en los países. La composición de la población, más o menos envejecida, la densidad demográfica, la movilidad espacial, los niveles de pobreza y también, vale la pena decirlo, la calidad de los registros estadísticos, entre otros factores, han determinado diferencias sustantivas de los datos durante la pandemia.

También, no hay duda, la actitud de los gobiernos, el tipo de sociedad, la cultura e incluso la proxémica interpersonal, ha desempeñado un papel de importancia en los resultados del combate en contra de este enemigo invisible, que deja huellas en la salud física, emocional y mental.

El propósito de este breve escrito es puntualizar, con muchas limitaciones de las cuales nos hacemos cargo humildemente, los alcances demográficos que ha dejado la pandemia en Chile durante este aciago año. Trataré de hacer una síntesis basada en la evidencia más confiable disponible, reconociendo de antemano que incluso esta puede adolecer de fallas e imperfecciones.

Hay demasiadas cosas que no sabemos del comportamiento de este nuevo virus y hemos descubierto, de sopetón, como si esto nunca antes hubiese ocurrido, que la conducta humana es impredecible y se basa en aprendizajes continuos de prueba y error. Esto vale tanto para los profesionales que diseñan políticas públicas, el personal de salud y el ciudadano de a pie.

Hemos aprendido de todo. Hemos aprendido a vivir en medio de la incertidumbre, a adaptarnos a circunstancias cambiantes en lapso breve, a ver mezquindades y aprovechamientos políticos, y a ver partir a un ser querido sin el ritual necesario que nos reconforta y da sentido a nuestra existencia y lazo con el más allá. En fin, hemos aprendido, seguimos aprendiendo, una lección de vida en medio de la muerte. Hemos visto cómo este virus afecta de manera muy distinta a jóvenes y viejos; a sanos y enfermos; a hombres y a mujeres; a pobres y ricos. La pandemia nos ha puesto de relieve que los medios para enfrentarla se esparcen en la diversidad y también en la desigualdad.

Vamos a las cifras de Chile durante este 2020. Antes, debo aclarar, que las fuentes que he utilizado son oficiales y algunos cálculos y estimaciones que he realizado derivan de mi experiencia en asuntos demográficos de larga data. Dicho esto, de igual forma pueden existir otras apreciaciones y eso debe respetarse, más aún en una época en donde algunos creen saber todo y de todo y quienes algo sabemos de algo nos vemos acallados por las redes sociales que hoy día parecen ser el espacio privilegiado para el desahogo de pasiones, temores y, por qué no decirlo, sandeces que no resisten el más mínimo análisis serio.

El indicador más relevante para conocer el impacto de la pandemia es el denominado “exceso de muertes”. Qué significa este concepto. En palabras simples es el número de muertes en un territorio que ocurren en un año por sobre lo previsto o lo que puede considerarse como normal. Ese volumen de decesos en exceso bien puede atribuirse, si bien no es exacto completamente, a un hecho que surge en forma letal y que no ha ocurrido en años previos: en este caso, el Covid-19. Sin embargo, no todas las personas que han fallecido en exceso en 2020 tienen como causa exclusiva el virus. Puede ser también que el colapso sanitario o el temor para acudir al hospital o incluso diagnósticos de otras enfermedades que no se han hecho a tiempo por la crisis sanitaria.

A diferencia de muchos países desarrollados, Chile presenta la curiosidad, que luego ilustraremos con cifras, que el exceso de muertes se sitúa por debajo de las muertes confirmadas por Covid-19, sin siquiera considerar las muertes probables. Lo veremos más adelante.

Sin duda, con el paso del tiempo se irá precisando cuántas muertes han ocurrido “por” Covid-19, y, por otro lado, cuántas personas que igualmente iban a fallecer y que contrajeron el virus, por tanto, debiesen ser asignadas como muertes “con” Covid-19. Por ahora el indicador del exceso de mortalidad nos proporciona la medida más apropiada para observar cómo ha respondido el sistema sanitario, y en general el Estado, en la lucha contra la enfermedad.

Respecto del parámetro para medir el exceso de muertes una aclaración metodológica que consideramos necesaria. Estimar cuántas muertes se hubiesen producido en 2020 sin Covid-19 no es tarea sencilla y es imposible saber con certeza, como fácilmente se puede comprender. Nadie lo sabe a ciencia cierta. El INE realiza proyecciones de defunciones para Chile 2020, basado en el crecimiento de la población y su composición. Esta proyección arroja la cifra de 117.050 fallecidos. Por otro lado, si proyectamos la variación relativa 2018 – 2019 de las defunciones inscritas por el registro civil (2,38 %) y la agregamos sin más a las de 2019 nos da la cifra de 112.458 fallecimientos estimados 2020. En definitiva, es entre esos márgenes que podríamos situar estimativamente las defunciones que hubiesen ocurrido en Chile sin Covid-19. La diferencia entre ambas estimaciones es de 4,1%. Con ese margen máximo de error vamos a entregar una síntesis de lo ocurrido en materia demográfica 2020, tomando como base la estimación del INE 2020, haciendo el reconocimiento del margen antes mencionado.

La síntesis demográfica 2020 y su relación con el Covid-19 es la siguiente:

1) El exceso de muertes 2020 es de 8.919 personas según proyección INE 2020, un 7,6%, y de 13.511, un 12 %, según proyección propia 2020 con datos RC.

2) Ambas estimaciones se sitúan bastante por debajo de las 16.660 muertes asociadas al Covid19 que ha entregado el Minsal al 31 de diciembre. Si consideramos (INE 2020) solo el tiempo activo de pandemia (abril – diciembre) el exceso de mortalidad con datos INE es de 9.713 personas, un 10,7%.

3) El mes de mayor exceso de mortalidad fue junio con un 54,%. De ahí en adelante las cifras han sido bastante menores. En los últimos tres meses del año ha sido solo de 4,7%.

4) El hecho de que nuestro exceso de muertes sea inferior a las muertes asociadas al Covid-19 –por cierto ni siquiera es necesario incorporar las muertes probables ya que la distancia sería aún mayor– es un caso raro en el concierto internacional. De alguna forma la crisis sanitaria debido a la pandemia ha limitado, o postergado, muertes por otras causas. Este análisis más refinado tendrá que hacerse en algún momento de mayor pausa por parte del Minsal y en particular con el análisis preciso de las variadas causas de defunción. Eso, sin duda, será un asunto que se deberá estudiar sin que el baile de las cifras de muertes se utilice para sacar dividendos políticos, la peor de las morbosidades que hemos visto durante el año que recién acaba.

5) Existe una importante diferencia por grupos de edad, tanto en los contagios detectados como en los fallecimientos asociados a Covid-19. En los menores de 39 años se produce el 52,6% de los contagios y la tasa de mortalidad por 100 mil es solo de 3,4. En el rango 40 y 59 años el contagio conforma el 31,1%, con una tasa de mortalidad de 44,6 por 100 mil, pero en los adultos de más de 60 años el contagio representa el 16,3% del total pero la tasa de mortalidad es de 420 por 100 mil habitantes. De hecho, el 84% de los fallecimientos se produce en este segmento etario.

6) El grupo entre 60 y 79 años es el que está más expuesto proporcionalmente al deceso asociado al Covid-19, esto es por su aún inserción en actividades sociales y laborales. Solo basta recordar que solo el 10% de los adultos entre 60 y 79 años presentan algún grado de dependencia funcional (Casen 2017). Esto queda demostrado cuando se observa la proporción de fallecimientos en este tramo de edad en un año normal (2018): configura un 38% sobre el total anual. Con datos de la pandemia este grupo etario de población constituye el 49% del total de muertes por Covid-19. Este es pues un grupo etario en el cual se debe colocar una mirada muy atenta en cuanto a las políticas públicas de protección sanitaria y también, por cierto, de concientización de las generaciones más jóvenes. Estos no siempre captan esta situación diferencial respecto de los riesgos asociados con la edad, lo cual inevitablemente también se vincula con un sistema inmunitario más frágil y enfermedades crónicas de mayor prevalencia.

7) Asimismo, se aprecia en la información estadística un sesgo de género relevante en cuanto a los fallecidos: el 57% de los decesos es en hombres mientras que un 43% ocurre en mujeres. Y esto a pesar de que en los contagios detectados hay un 2% más de hombres que de mujeres.

Como reflexión final, más allá de las cifras entregadas, basadas en evidencia y estimaciones demográficas lo más apegadas a la realidad posible, es un deber de seriedad intelectual señalar que el sistema sanitario, lejos de colapsar durante este difícil 2020 que nos dejó hace algunos días, ha estado a la altura de las difíciles circunstancias. Acá incluyo al diseño sanitario gubernamental, a la organización del Estado en su conjunto, al personal de salud y a tanta gente que de alguna forma u otra ha colaborado a mantener una cierta normalidad en medio de tantos agoreros, incluso algunos expertos, que han pronosticado incesantemente los peores escenarios sanitarios, sociales, económicos y políticos. Esto solo ha contribuido a que la ecuación entre prevención y temor no haya podido encontrar un mayor equilibrio. El estado emocional y mental de los chilenos, aparte por supuesto de lo económico, está en niveles críticos. Por lo mismo, el llamado que hago desde estas líneas es a mantener el optimismo inherente a la vida misma, la confianza en nuestra organización social y la vista siempre puesta en un futuro auspicioso, sin que esto signifique ignorar las medidas de prevención que aún nos acompañarán seguramente todo este nuevo año 2021.

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