Pataletas



Soy de una generación en que la educación se ceñía a criterios bastante diferentes, la existencia del mérito no se discutía y se asociaba a la capacidad de ajustarse a ciertas normas que determinaban los deberes a cumplir. En la medida que preceptos como estudiar, respetar a los adultos, decir la verdad, se acataran, uno podía ganarse la consideración de los demás; por el contrario, su incumplimiento acarreaba un reproche seguro.

Para mi padre, un tipo sencillo en el mejor sentido de la expresión, habría sido incomprensible que yo le demandara “apreciarme por lo que soy”; él seguramente me habría contestado que uno es lo que su conducta define. Nada era más inaceptable y, por principio, inatendible que eso que llamamos una pataleta. El que intentaba lograr algo por esa vía era ignorado hasta que se le pasara.

Es verdad que este modelo, llevado a sus extremos, adolecía de problemas. “La cinta blanca”, gran película de Michel Haneke, los muestra con extraordinaria lucidez; pero también es efectivo que muchos de los criterios actualmente imperantes, surgidos del afán de compensar aquellas distorsiones, han generado otras. Generaciones educadas en la convicción que la consideración y el respeto social depende esencialmente de una interioridad que nos define, creen que son acreedores de la sociedad, primero de su valoración y luego de ciertas prestaciones concretas que demandan por el hecho de ser personas.

El abandono de los sistemas normativos, como criterio predominante para discernir la posición social, nos ha llevado a confundir cosas que para mi viejo habrían sido simples y obviamente distintas: un manifestante, un delincuente y un joven lleno de sueños, eran tres tipos de personas completamente diferentes, hoy son -o pueden ser- apreciadas como una sola y misma cosa, porque ya no es la adhesión de nuestra conducta a ciertos preceptos lo que nos define.

La pataleta se ha convertido así en una expresión social válida, a la que se debe atender, el indulgente interés de la prensa por conocer la historia y explicaciones del “profesor” que rompió los torniquetes del Metro son un ejemplo inmejorable de ello, como lo es la pretensión de adelantar las elecciones, para que el actual gobierno no termine su período. Es intolerable tenerlo por 16 meses más, dijo un senador; otros convocan a destruir el centro hasta tomarse La Moneda, simplemente, porque quieren que el Presidente se vaya.

Puede ser que más de alguien me acuse de tener una visión excesivamente normativa y, por ende, autoritaria de la sociedad, pero nadie ha mostrado una forma de vida común viable fuera de la racionalidad de un sistema de normas que se acatan y cumplen. No es un gobierno el que está en juego, es que un país no se puede conducir a punta de pataletas. Así de simple.

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