Paula, Cecilia y la eutanasia



Hace cinco años que Paula, una niña saludable, estudiante e hija de una profesora de un colegio en Quilicura, comenzó a sufrir una serie de síntomas que la obligaron a abandonar el colegio y trasladarse ―junto a su familia― a la casa de unos parientes en Talca para tratar su enfermedad. Durante estos cinco años, a Paula le han hecho tantos diagnósticos como médicos que ha visitado, pero aún no encuentra la causa de sus males ni tratamiento capaz de palear su enfermedad. El dolor, la desesperanza y frustración le quitaron a Paula las ganas de vivir. Quiere quitarse la vida, pero no puede. Por eso, le pide al Estado que la asista para morir. No quiere dar una batalla más. Quiere la eutanasia.

El caso es que Paula no está sola. También está Cecilia, su madre, quien, aun entendiendo a su hija, no pierde las esperanzas. Dejó su trabajo de profesora, para dedicarse a Paula, mientras vende humitas en la calle para cubrir los gastos básicos. Cecilia no quiere ver a Paula morir ―ni tampoco sufrir―, no porque no lo tolere, sino porque está convencida que su hija no solo es víctima del dolor de la enfermedad que padece, sino que también de un sistema que ha sido indiferente con ella. Acusa, por un lado, negligencia y poco interés médico en encontrar las causas de su enfermedad y su consecuente cura, y por el otro, culpa a una clase política de mantenerse impávida frente a su caso. Requiere de un Estado que se haga cargo del desafío médico que implica la enfermedad de su hija.

Dos caras de una misma moneda.

Ante la desesperanza de Paula y la esperanza de Cecilia, el camino correcto parece ser exigirle al Estado que, en primer lugar, promueva el interés médico en encontrar las causas de la enfermedad de Paula y su consecuente cura. Luego, que agote todos los recursos que le sea posible para darle dignidad a la persona que padece una enfermedad terminal o degenerativa. Por esto, antes de legislar sobre la eutanasia, el Estado debe impulsar una expansión de la medicina de cuidados paliativos. Lo que Paula no tolera más es el dolor, y cree que seguirá sufriendo con tal intensidad el resto de su vida. Así, primero, deben agotarse todos los recursos posibles para atenderla y alivianar su dolor.

Por otra parte, aun tratando a Paula con las tecnologías y tratamientos adecuados que le permitan padecer su enfermedad de la forma menos dolorosa posible, cabe preguntarse el modo de comprender la libertad para justificar el suicidio asistido. Para sus promotores, la libertad comienza y termina en la esfera de la individualidad. Así, en la medida de que no interfiramos con la voluntad de un tercero, podemos realizar lo que queramos, incluso quitarnos la vida en ciertas condiciones. En el caso de Paula significa, entonces, cumplir con su soberana voluntad. El problema de tal forma de concebir la libertad radica en que le subyace un simplismo que inhibe tratar ciertas especificidades que hacen del problema algo más complejo de lo que parece. Entre éstas, surgen preguntas antropológicas del todo relevantes: ¿Qué significado le otorgamos al dolor humano? ¿Cuánto influye en nuestra racionalidad la presencia del dolor? ¿Cómo dimensionamos el dolor, si es el factor de decisión entre la vida y la muerte? Asimismo, hay dimensiones políticas y sociales que deben ser atendidas, como, por ejemplo, la desigualdad de incentivos económicos subyacente a la decisión de continuar un tratamiento, toda vez que las condiciones materiales no son uniformes en la sociedad. Para el caso de Paula, ¿afecta en su decisión el hecho de que su madre, Cecilia, haya dejado su profesión de profesora para vender humitas en la calle?

El debate de la eutanasia requiere abrirse a preguntas bastante más complejas que las binarias cuestiones que se desprenden del catálogo de derechos individuales. Cecilia no es egoísta, tampoco lo es Paula. Esperemos que el Estado, y nuestra sociedad, tampoco lo sea.

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