Piñera y el desdén hacia las mujeres



Por Paula Walker, profesora Escuela de Periodismo Usach

Perplejidad. Asombro. Enojo. Eso nos pasó a muchísimas mujeres (y a muchos hombres) que vimos como el Presidente y su gobierno dejaron plantada a Adriana Muñoz, presidenta del Senado y segunda autoridad del país. Ocurrió el 26 de febrero, en el Palacio de La Moneda, cuando hablaban frente a la prensa un grupo de hombres (Presidente, presidente de la Cámara de Diputados, representante de la Corte Suprema, del Consejo de Defensa del Estado y Contralor de la República) y la presidenta del Senado. Al terminar hablar ellos, le dieron la espalda a la senadora, no la escucharon, conversaban detrás, se felicitaban entre ellos y hasta se cruzaban por las cámaras.

Con respecto a las mujeres, el Presidente ha mantenido un doble discurso. No lo puede evitar. Es como si no creyera en lo que él mismo dice: “Tolerancia cero contra cualquier abuso, discriminación o maltrato contra las mujeres” declaró el Mandatario en un acto para promover la igualdad de género. Pero cuando le toca demostrar el respeto que tiene por ellas hace lo contrario: plantar a la senadora, darle la espalda, ignorarla y disminuirla con su actitud. Seguro que no habría hecho lo mismo si el presidente del Senado hubiera sido un hombre. En otra ocasión, el Presidente se permitió bromear cuando dijo que “las mujeres se tiran al suelo y se hacen las muertas, y todos nosotros nos tiramos encima y nos hacemos los vivos”; una mala broma que representa la mirada permisiva en torno a las diferentes violencias que sufrimos las mujeres habitualmente.

Se acerca el 8 de marzo y en un año vital como 2021, con un proceso constituyente paritario y empujado con fuerza por las protestas e ideas de mujeres jóvenes, mayores y adolescentes a lo largo de todo Chile, es muy mala idea dejar que pasen hechos “fortuitos” como el descrito donde se ningunea a una mujer a vista y paciencia de las principales autoridades del país. Mirar a las mujeres hacia abajo, ejercer actos de dominio, hacerlas callar, erosionar o ridiculizar sus opiniones e ideas, ignorarlas, sexualizarlas, transformarlas en objeto que se desean y se dominan, violentarlas. Todas estas cosas (y miles que no caben en esta columna), son las que nos hacen desconfiar de declaraciones pomposas pero sin asidero verdadero en los hechos.

Es el momento de que cambiemos al Estado machista, miope y sordo que no da las mismas garantías a mujeres y hombres. Podemos ir a votar en las elecciones que vienen por personas que tienen entre sus propuestas una mirada sobre la igualdad de género sustantiva y con acciones afirmativas, pero sin letra chica.

¿Y nuestra heroína? La presidenta del Senado se mantuvo frente a la cámara, hizo sus declaraciones, estaba incómoda pero no dejó de cumplir con su deber. Se veía discreta, afanada, matea, humilde, certera, clara pero no avasalladora. Movía sus ojos para ver quién estaba a su lado, y cuándo se supo sola hizo lo que hacemos muchas mujeres: apechugar.

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